EL legado de la lucidez

 

 

“El origen de la Tierra está asociado a la explosión de una supernova”

                                                                  James Lovelock

 

Somos los primeros humanos en saber que en pocos siglos, segundos a escala universal, sabremos cómo aprovechar toda la energía que nos puede brindar nuestro planeta, para pasar acto seguido, a saber cómo utilizar la energía de la estrella en torno a la que gravitamos y, por último, a gestionar con éxito la energía de cualquier estrella de nuestra galaxia.

Eso te permite ir de fiesta muy lejos, puedes navegar por tu mundo interior y al mismo tiempo estar recorriendo los confines de la galaxia, las fronteras del universo con la nada, lo absoluto, una curvatura eterna del espacio-velocidad-tiempo.

Dominaremos un mundo subatómico y moveremos materia clásica y exótica por los infinitos agujeros de gusano que unen nuestro mundo con otros universos. Intuimos la superfuerza que consigue unificar todas las fuerzas pero no podemos entenderla, ni saber cómo la utilizamos para vivir, pero dentro de no mucho tiempo las fórmulas de Einstein verán como la superfuerza nos permite plegar el espacio y el tiempo a nuestro antojo.

Rompiendo la luz por el centro, cabalgando a lomos de un caballo que no se cansará nunca, recorriendo una ola eterna de poder vacío de juicio, pura visión de la realidad iluminada y lista para gravar, para pasar más tarde a la sala de montaje del alma y reescribir el guion cambiando el orden de las escenas hasta que no se parezca en nada al original, ahí es donde comienza lo nuevo, energía de la que se alimenta la vida.

Cada nacimiento es un big bang y cada muerte es el final de la expansión de ese universo, su final a una temperatura cercana al cero absoluto; o, cada nacimiento es un big bang y cada muerte un big crunch, un replegarnos sobre nosotros mismos hasta la gran implosión final que genera un nuevo big bang

Cada veintiséis millones de años en la Tierra hay una extinción masiva de especies, este dato se puede comprobar en una serie que se remonta hasta 260 millones de años atrás; los paleontólogos David Raup, John Sepkoski y Richard Muller, de Berkeley, han propuesto la teoría de que nuestro Sol forma en realidad parte de un sistema de estrellas dobles, y que nuestra estrella hermana (llamada Némesis o la Estrella de la Muerte) es responsable de las extinciones periódicas de la vida en la Tierra. La conjetura es que nuestro Sol tiene una compañera masiva e invisible que completa una órbita cada veintiséis millones de años. “Cada vez que atraviesa la nube de Oort (una nube de cometas que supuestamente existe más allá de la órbita de Plutón), arrastra con ella una indeseable avalancha de cometas, algunos de los cuales chocan con la Tierra, dando lugar a tantos residuos que impiden que la luz del Sol alcance la superficie terrestre, con la consiguiente muerte de la mayoría de las especies del planeta.” (M. Kaku, 1996)

El fallo está una vez más en el hecho de que la tecnología ha sobrepasado el desarrollo social. En tanto que la contaminación está producida por estados-nación individuales, y las medidas necesarias para corregirla sigan siendo de carácter planetario, habrá un desajuste fatal que llama al desastre. La barrera del uranio (peligro de guerra nuclear) y el colapso ecológico existirán como potenciales desastres de las civilizaciones, con nuestro nivel de desarrollo, hasta que este desajuste se solucione.

Somos guiados por la voluntad del Absoluto; Einstein a lo largo de su carrera se aferró a la creencia de que un misterioso Orden divino existía en el universo y que la vocación de su vida, llegó a decir, era indagar en Sus pensamientos para determinar si Él tuvo alguna elección al crear el universo.

“Tecnológicamente sólo hemos empezado a dejar la atracción gravitatoria de la Tierra; sólo hemos empezado a enviar sondas primitivas a los planetas exteriores. No obstante, encerrados en nuestro pequeño planeta, con sólo nuestras mentes y unos pocos instrumentos, hemos sido capaces de descifrar las leyes que gobiernan la materia a miles de millones de años-luz. Con recursos infinitesimalmente pequeños, sin siquiera dejar el sistema solar, hemos sido capaces de determinar lo que sucede en el interior de los hornos nucleares de una estrella o dentro del propio núcleo. Como especie estamos conectados al ordenador central siendo pilotados todos nuestros movimientos, por una homeostasis que conecta con el mejor yo disponible en el entorno y consume cada instante de vida como única misión.

Según la evolución, somos monos inteligentes que sólo recientemente hemos dejado los árboles, viviendo en el tercer planeta de una estrella menor, en un brazo espiral menor de una galaxia menor, en un grupo menor de galaxias cerca del supercúmulo de Virgo. Si la teoría de la inflación es correcta, entonces nuestro universo visible no es sino una burbuja infinitesimal de un cosmos mucho mayor. Incluso entonces, dado el papel casi insignificante que jugamos en el universo mayor, parece sorprendente que fuéramos capaces de proclamar haber descubierto la teoría de todo.

Somos la voluntad de la energía primigenia; construimos historias, al tiempo que desaparecen sus personajes, la mortalidad enredada con el infinito. Entre las manos corren las emociones que te mantienen conectado con el alma de la tribu, los símbolos que te permiten adivinar el origen.

“En lugar de sentirme abrumado por el universo, yo creo que quizá una de las experiencias más intensas que puede tener un científico, casi próxima a un despertar religioso, es el entender que somos hijos de estrellas y que nuestras mentes son capaces de entender las leyes universales a que ellas obedecen. Los átomos de nuestros cuerpos fueron forjados en el yunque de la nucleosíntesis dentro de una estrella en explosión eones antes del nacimiento del sistema solar. Nuestros átomos son más viejos que las montañas. Estamos hechos literalmente de polvo de estrellas. Ahora estos átomos se han unido, a su vez, para formar seres inteligentes capaces de comprender las leyes universales que gobiernan dicho suceso.” (M. Kaku, 1996)

En esta misma línea de avance espectral y al tiempo luminoso nos adentra el símbolo de lo imposible convertido en luminaria del más allá, tras las hogueras de los brujos y las amenazas de los verdugos tecnológicos que gobiernan el mundo desde la City, Wall Street, o Beijing, Stephen Hawking nos muestra una salida, “Si descubriéramos una teoría completa, con el tiempo debería ser comprensible en sus principios generales para todo el mundo, no sólo para unos pocos científicos. Entonces nosotros, filósofos, científicos y personas en general, deberíamos ser capaces de tomar parte en la discusión acerca de la cuestión de por qué existimos nosotros y el universo. Si encontráramos la respuesta sería el triunfo final de la razón humana, pues entonces conoceríamos la mente de Dios” (S. Hawking, 1988)

Cuando el piloto automático de la sofisticada homeostasis te obliga a tomar conciencia de lo que sucede alrededor, la vida te para en seco para entregarte un mensaje claro, tu equilibrio emocional no depende sólo de ti; una historia que pasa a tu alrededor te alcanza de plano y te das cuenta que ahora han cambiado el juego y las reglas; te adaptas a la nueva narrativa que se abre ante ti o, el cuento se acabó. La presión se hace protagonista y te obliga a desarrollar mecanismos para no ser aplastado y ver como tus pulmones se convierten en alas secas de mariposa.

Llegados a este punto de presión deberíamos convertirnos en peces o crustáceos, estos animales tienen que trabajar para contrarrestar la pérdida de agua desde su medio interno, es decir para evitar ser estrujados por la presión osmótica. Tienen que gastar energía en bombear agua contra la diferencia de presión osmótica entre su interior y el mar. La presión es del orden de la necesaria para bombear agua a una altura de 140 m en contra de la gravedad, alrededor de unas mil veces más alta que la presión sanguínea de los seres humanos. Es decir, para cambiar las cosas, para cambiar la Tierra no se puede ser pusilánime, hay que comportarse como un asteroide que se inmola estrellándose contra un planeta o, como una bacteria primigenia que cambia de manera radical y para siempre el orden de las cosas, “No es inverosímil imaginar que alguna bacteria nueva (hace unos 3 mil millones de años) evolucionase en su medio ambiente para conformar un sistema capaz de cambiar la Tierra. Efectivamente, la primera cianobacteria, progenitora del ecosistema que empleaba la energía luminosa para producir materia orgánica y oxígeno, hizo esto, cambió la Tierra.” (J. Lovelock, 1993)

Somos la voluntad del que es origen y final; paz y acción desde la vaciada nostalgia del todo.

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