Factor de distorsión

 

“Es más importante tener belleza en las ecuaciones que tener experimentos que se ajusten con ellas”

                                      John Ellis

 

La velocidad de escape es la velocidad necesaria para superar la atracción gravitatoria de un cuerpo; cuanto más pesado y pequeño es el radio del cuerpo más complicado es salvar su atracción. Para escapar de la Tierra necesitamos acelerar a once kilómetros por segundo ¿Qué velocidad de escape necesitamos para desligarnos de la fuerza de atracción de Pandemia?

Una estrella es el producto de dos fuerzas cósmicas: la gravedad, que trata de aplastar la estrella; y la fusión, que trata de explotar la estrella como sucede en una bomba de hidrógeno. Todas las diversas fases en la historia de una estrella son una consecuencia de este delicado equilibrio entre gravedad y fusión.

Nuestra cultura se asienta sobre los principios mágicos de la mitología y las leyes demostrables de la ciencia: ¿Somos estrellas a las que nos están aplastando con el mito de la seguridad y al tiempo haciéndonos explotar con la presión del mito del bienestar infinito, siempre mejorable?

Si una estrella tuviera un tamaño diez veces el de nuestro Sol, entonces la gravedad seguiría comprimiéndola incluso después de que se hubiera convertido en una estrella de neutrones. Sin la fuerza de la fusión para repeler la compresión gravitatoria, no hay nada que se oponga al colapso final de la estrella. Llegado a este punto se convierte en agujero negro.

¿Somos un agujero negro, tan masivo y con una fuerza de atracción tal que ni la luz puede escapar, que ni la imaginación puede volar? ¿O somos una puerta que conecta universos paralelos?

La estrella ha cerrado el círculo: nació cuando la gravedad empezó inicialmente a comprimir gas hidrógeno de los cielos en una estrella, y morirá cuando se agote el combustible nuclear y la gravedad la haga colapsar.

¿Hemos explotado como una supernova, hemos colapsado y ahora somos una nube donde la gravedad comenzará a hacer subir la temperatura y volveremos a ser una estrella de segunda generación, de tercera generación, de infinitas generaciones?

Gravedad y luz, sin juicio, sin análisis, sin hipótesis; sólo un catálogo de partículas, el esqueleto de la realidad, una foto de familia del mundo subatómico: partículas invisibles que hacen posible que te reconozcas en el espejo.

Nuestros cuerpos, hechos de elementos más pesados que el hierro, giran en torno a una estrella que no está suficientemente caliente para forjarlos: los elementos pesados de nuestros cuerpos fueron sintetizados en una supernova que estalló antes de que se formara nuestro Sol. Una supernova anónima explotó hace miles de millones de años, sembrando la nube de gas que dio origen a nuestro sistema solar.

La evidencia del bucle, del sin principio y sin fin con el que nos reta la observación de la Naturaleza, nos alivia de certezas finitas y nos acerca a la belleza como aquello a lo que responde la mente humana en su nivel más profundo. La belleza del agradecimiento te conecta con tu núcleo, con la certeza de ser la vida, las partículas que funden tu ser con la materia oscura; eres hijo de una supernova anónima y das vueltas en torno a una estrella que viste nacer.

Podemos recrear situaciones en laboratorio que están en la frontera con la ciencia ficción, pero se nos sigue resistiendo el único experimento que no puede ser reproducido, la Creación. Trescientos mil años, energía y calor como para fundir un billón de veces el sistema solar nos separan de ese momento en el que la simetría saltó por los aires.

En la caverna se disuelven las sombras, salimos del entorno protegido, la placenta se ha convertido en cenizas. La luz del sol, cruda y sincera, agrieta el maquillaje y deja que se vea la piel de quien ejecuta los actos, más allá de ser, con voluntad de estar; consciente de existir en cada acción.

Nos queda el recuerdo de la belleza como aquel sentimiento que nos devuelve al momento previo a la gran explosión, que nos completa en la supersimetría de la unidad universal. Ese ahora al que el eterno maestro Einstein nos lleva al recordarnos que la distinción entre pasado, presente y futuro es sólo una ilusión, por persistente que ésta sea.

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