La caverna de Foucault

“Siempre que la inteligencia de la gente aumente con mayor rapidez que el brillo del Sol, la Tierra prosperará”

                                                                      Ken Croswell           

Todos los agujeros negros encontrados en el espacio rotan muy rápidamente; el telescopio espacial Hubble ha registrado que algunos giran aproximadamente a 1,5 millones de kilómetros por hora. En el centro puede apreciarse un núcleo plano circular que a menudo mide cerca de un año luz de diámetro; dentro de ese núcleo se encuentran el horizonte de sucesos y el agujero negro en sí.

Como un agujero negro en el centro de tu galaxia, formada por todo lo que piensas y por todo lo que sientes, el cerebro utiliza la incertidumbre y la velocidad a modo de herramientas fundamentales para dar luz a tu días y encontrarle sentido a la necesidad de conectar, en un intervalo de 24 horas, la conferencia, la lavadora, el metro, la revisión del coche, el poema, el colegio de los niños, la reunión con el cliente y la cita con el dentista.

Aunque el bosón de Higgs esté presente en cada una de tus elecciones, al margen de que seas consciente de ello o no, para tus pragmáticos sentidos, la teoría de partículas, los colisionadores de hadrones y los universos paralelos se sitúan en una periferia tan alejada del aquí y ahora que no llegas a experimentarlo jamás. 

Nos movemos entre la gran ciencia, flotando en su limbo de eternas líneas de investigación y objetivos a largo plazo, y la ciencia aplicada, cortoplacista y ávida de resultados para poder salvarnos del cáncer, prevenir los desastres derivados del cambio climático, o permitirnos tener una entrevista con un cliente a siete mil kilómetros de distancia y cerrar el trato en tiempo real.

Esta falta de simetría y en el fondo, esta falta de belleza, se debe a los desequilibrios que pueblan el cosmos en el que existes y la vida cotidiana en la que tienes que batirte el cobre. Tu rostro está desequilibrado, nada tiene que ver el perfil izquierdo con el derecho; tampoco hay simetría al comparar tu salario con el tremendo desgaste que realizas para conseguirlo.

La falta de simetría, de belleza, es la clave tras la que se ocultan todas las imperfecciones con las que tienes que lidiar día a día; como dijo el gran físico David Gross, “El secreto de la naturaleza es la simetría, pero gran parte de la textura del mundo se debe al mecanismo de la ruptura de la simetría”.  Desde el big bang, cuando la perfecta unidad se rompió en mil pedazos, andamos buscando como recomponer con una gran teoría del todo, este amasijo de incongruencias y paradojas con el que nos topamos cada vez que levantamos una piedra y observamos el infinito mundo que oculta su aparente masa inerte, o cada vez que apuntamos con un súper telescopio a los confines del universo visible y comprendemos que nos movemos en unas distancias que con la tecnología actual tardaríamos miles de millones de años luz en recorrer simplemente el recibidor de ese palacio infinito que representa este universo, que surcamos a 220 kilómetros por segundo, con el resto de pasajeros del Sistema Solar.

Así pues, las simetrías codifican la belleza oculta de la naturaleza; pero, en realidad, hoy en día estas simetrías están horriblemente rotas. Las cuatro grandes fuerzas del universo (gravedad, electromagnetismo, nuclear débil y nuclear fuerte) no se parecen una a otra en absoluto. De hecho, el universo está lleno de irregularidades y defectos; a nuestro alrededor hay fragmentos y restos de la simetría original destruida por el big bang. “Así, la clave para entender los posibles universos paralelos es entender la “ruptura de la simetría”, es decir, cómo estas simetrías podrían haberse roto después del big bang” (M. Kaku, 2005)

Volvemos a la ruptura de la armonía, de las reglas básicas del juego, de la brecha salarial, de género, racial, LGTB, cultural… La falta de armonía entre el centro y la periferia, entre los que acceden con tarifa plana a un torrente ilimitado de datos y los que no pueden conectarse a internet… La falta de belleza se extiende como una plaga por el universo y por nuestras sociedades ultramodernas, escleróticas y desequilibradas hasta el paroxismo de la asimetría.

El vientre del desequilibrio extremo pariendo miles de campamentos de refugiados por minuto; grandes masas de entropía hirviendo sobre el escuálido orden internacional, donde una minoría con los sentidos inhibidos a la recepción de las ondas de su entorno, disfrutan muertos de miedo de un lujo extremo que devoran con fruición pues sienten que la oligarquía que han diseñado tiene los días contados.

No se puede acumular falta de simetría y falta de belleza eternamente, muy al contrario, la montaña de residuos que estamos generando nos caerá encima de un momento a otro, la cuenta atrás ha comenzado: hagan juego señores de la acumulación inconsciente de riqueza y de CO2.

Al igual que el universo debe rotar constantemente, para evitar colapsar sobre sí mismo por la fuerza de la gravedad, (según el matemático Kurt Gödel, uno del tamaño del nuestro, debe hacerlo una vez cada 70 mil millones de años luz, siendo el radio mínimo para el viaje en el tiempo de 16 mil millones de años luz); de la misma manera,  tu no puedes dejar de moverte para encontrar el equilibrio, para encontrar la simetría perdida en la gran explosión; cada vida tiene su big bang o incluso varios; una explosión maldita que revienta la armonía, la belleza, el amor, la unidad… Que, en definitiva lo hace volar todo por los aires, obligándote a vagar por los laberintos del destino en busca de los pedazos con los que volver a montar el puzle de la felicidad, el mapa mental de tu equilibrio, de tu simetría, de tu belleza.

En nuestra vida, tras cada big bang, se genera un agujero negro donde quedan atrapados, suspendidos en el tiempo, nuestros sentimientos, ilusiones, objetivos, certezas, creencias… El universo que te rodea, al igual que tú, avanza de explosión en explosión y así lo corrobora uno de los descubrimientos más espectaculares relativos a los agujeros negros; este se produce cuando el telescopio de rayos X Chandra consigue mirar a través de un pequeño espacio entre el polvo del espacio exterior, para observar un conjunto de agujeros negros cerca del borde del universo visible. En conjunto, pueden verse seiscientos agujeros negros. Extrapolando esta observación, los astrónomos estiman que al menos 300 millones de agujeros negros nos observan desde el cielo nocturno cada noche.

Cuanto más grande es el universo, mayor es la tendencia a colapsar y más rápido tiene que girar para impedir su colapso. De igual manera, cuantas más piedras acumulas en tu mochila, más deprisa debes girar para que el peso de los recuerdos, y de los futuros imaginados, no te sepulte en un presente que abandonas a cada instante para viajar en el tiempo, justo por debajo de la velocidad de luz, hacia delante y hacia atrás, recorriendo la creación de tu memoria y la historia de tu imaginación que, al final, se funden en un mismo discurso, una cuerda del espacio tiempo que lo conecta todo. Si vuelas aferrado a ella, hasta la frontera de nuestro firmamento visible (a unos 13 mil millones de años luz) te encontrarás con esas máquinas fabulosas, con una capacidad asombrosa de emitir energía, llamadas cuásares y, justo ahí, en el borde del universo sentirás los restos de una radiación cuyo origen es anterior a la bola de fuego que dio origen a tu mundo; verás a la entropía liderando la expansión del cosmos y de la consciencia, causa y efecto del gran diseño, del divino decorado donde no consigues encontrar a Dios ni a ti mismo; sin duda, por la paradoja insalvable que supone investigar, siendo al mismo tiempo, el investigador y lo investigado. El método científico se  escurre entre tus dedos, no es fácil  ser objetivo cuando te analizas a ti mismo.

Según la imagen que nos proporciona el satélite WMAP, una misteriosa fuerza de antigravedad está acelerando la expansión del universo. Si sigue así durante miles de millones o billones de años, el universo alcanzará una gran congelación similar a la ventisca que augura el crepúsculo de los dioses (leyenda nórdica que narra el día del juicio final o Ragnarok) y da fin a toda vida tal y como la conocemos. Esta fuerza de antigravedad que separa el universo es proporcional al volumen del universo. Así, cuanto más grande se vuelve este, más antigravedad hay para separar las galaxias, lo que a su vez aumenta el volumen del universo. Este círculo vicioso se repite interminablemente, hasta que el universo se desboca y crece de forma exponencial, acelerándose el momento en el que, dentro de billones de años, la temperatura descenderá al cero absoluto.

Finalmente, esto significa que treinta y seis galaxias del grupo total de galaxias formarán todo el universo visible, mientras miles de millones de galaxias vecinas se alejan más allá de nuestro horizonte de sucesos. Con el espacio entre galaxias expandiéndose a mayor velocidad que la luz, el universo se convertirá en un lugar terriblemente solitario. “Las temperaturas se hundirán a medida que la energía restante se vaya diluyendo y haciéndose cada vez más débil en el espacio. Cuando las temperaturas lleguen cerca del cero absoluto, las especies inteligentes tendrán que enfrentarse a su último destino: morir congeladas”. (M. Kaku, 2005)

Ante este atroz panorama, la mitología nórdica nos asiste in extremis  y con la voz pausada de la garganta que lleva milenios cantando los textos sagrados, cual ave fénix, nos brinda la oportunidad de resucitar y nos cuenta, en el crepúsculo de los dioses, como de las cenizas resurge una nueva tierra y una nueva humanidad.

Odín, el padre de los dioses, reúne a sus valientes guerreros por última vez en el Valhalla para librar el último combate. Al final, mientras los dioses mueren uno a uno, Surtur, el dios del mal, arrojará fuego y azufre por la boca y prenderá un infierno gigantesco que se tragará el cielo y la tierra. Mientras las llamas se extienden por todo el universo, la tierra se hundirá en los océanos y el tiempo se detendrá. Pero del cúmulo de cenizas surge un nuevo principio. Una nueva tierra, diferente de la vieja, va alzándose lentamente del mar y del suelo fértil surgen copiosos frutos y plantas exóticas que dan a luz una nueva raza de humanos.

Sigue siendo la falta de simetría, de belleza, la que nos conduce a la congelación definitiva pero, la vida prevalece y mejora encontrando la salvación en la teoría del todo que, como en la leyenda nórdica, nos hace resucitar de las cenizas al conducir la consciencia a la abdicación absoluta a la voluntad del Todo; actitud que surge tras la práctica sistemática de la atención plena; somos la voluntad de la Energía Primigenia, lo cuentan los milenarios Vedas, lo dijo Abraham, Lao-Tse, Buda, Cristo, Muhammad… A cada instante se produce un Big Bang que genera un universo tan singular y único como lo es el tuyo; de igual manera que a cada instante nace una criatura tan singular y única como tú.

“Consideremos la opinión que sostienen ahora la mayoría de los físicos; a saber, que el Sol con todos sus planetas devendrá con el tiempo demasiado frío para la vida, a no ser que algún cuerpo grande se introduzca en él y le insufle nueva vida. Creyendo, como creo yo, que el hombre en el futuro lejano será una criatura mucho más perfecta que lo que es ahora, es intolerable la idea de que él y todos los demás seres sensibles estén condenados a una completa aniquilación después de este lento progreso continuado” (Charles Darwin)

Dos caminos opuestos nos aguardan, llegar a la perfección para saltar desde un trampolín aciago a los abismos insondables de la no existencia o conseguir evolucionar hasta el punto de poder saltar a otro universo, en el que la fuerza antigravedad no lo haya congelado todo, y podamos orbitar una estrella que gire en torno al agujero negro del centro de su galaxia sin alejarse, por encima de la velocidad de la luz, de ese centro que nos mantiene vivos.

De nuevo el centro y la periferia luchando por la existencia. Quizá el agujero negro que, posiblemente haya en el centro de todas las galaxias, sea una metáfora de nuestro rostro insondable cuando nos miramos las pupilas frente al espejo colgado en la pared. El agujero negro y la falta de simetría como paradigmas de la explicación última de nuestro rostro, la explicación última sobre quienes somos. En este caso “(…) el agujero negro está sobre la pared blanca. Pero no forma unidad, puesto que el agujero negro no deja de desplazarse sobre la pared, y procede por binarización; dos agujeros negros, cuatro agujeros negros, n agujeros negros se distribuyen como ojos. La rostricidad siempre es una multiplicidad. El paisaje se poblará de ojos o de agujeros negros, como en un cuadro de Max Ernest, como en un dibujo de Aloïse o de Wölfli” (Gilles Deleuze, 1988)

La segunda ley de la termodinámica ya nos lo deja grabado a fuego en el alma, que la cantidad total de entropía, caos y desorden en el universo siempre aumenta. Si quemas un papel, el desorden aumenta y ya no puedes hacer que ese papel, con mayor orden que sus cenizas, vuelva a aparecer frente a tu rostro y la mano que aún conserva la cerilla con la que provocaste que el caos aumentara en tu mundo.

A cada instante aumenta la entropía en tu cuerpo, en tu mente y, por lo tanto, cada vez te pareces más a la Energía Primigenia, para la que no hay diferencia entre el adentro y el afuera, entre el caos y el orden, entre la carencia y la abundancia, entre el mal y el bien; todos los rostros son el rostro del Todo; alquimia definitiva, la esencia de la Obra, del Gran Diseño. “Las fluctuaciones cuánticas conducen a la creación de universos diminutos a partir de la nada. Unos pocos de ellos alcanzan un tamaño crítico, tras lo cual se expanden de manera inflacionaria, formando galaxias, estrellas y, al menos en uno de ellos, seres como nosotros” (Stephen Hawking y Leonard Mlodinow, 2010). Somos la última frontera; asumirlo implica nuestra condición de dioses vaciados de la certeza de serlo. Las banderas ya ardieron con la combustión lenta y noble de nuestra sangre, ahora es el turno de nuestras almas, inmortales esencias de lo que nunca perece pues nunca comenzó.

  • Portada de la genial Sara Colina @venceoscu

8 Comentarios

  1. Me encanta el universo y toda su belleza, somos muy pequeños en algo tan caótico aunque hay que recordar que una hormiga levanta veinte veces su propio peso así que… quien sabe de lo que nuestro cerebro es capaz de hacer con el increíble cosmos. Exelente artículo!👌

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    1. ¡Muchísimas gracias! Efectivamente, la mente y la consciencia son un enigma; cuanto más descubrimos de ellas y de nuestra conexión con el universo, más alucinamos y vemos como la ciencia se convierte en ciencia ficción.

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