La resonancia mórfica del logos

“Quiero pasar el resto de mi vida reflexionando sobre lo que es la luz

                                                                  Albert Einstein  

Siento debilidad por todo lo que me permite alejarme de mi mismo, y así poder leer mis huellas con la reposada certeza de ser yo quien sigue a mí destino. Observar como me comporto ante las adversidades que me asaltan a cada instante. ¿Cómo actúo? ¿Qué siento? ¿Me gusta lo que, sin filtros, sale de mí? ¿Consigo transmutar la ira, la decepción o la ansiedad, en sofisticada aceptación? ¿Cuánto tardo en hacerlo? Todo depende del grado de consciencia que fluya por los millones de microtúbulos de mi cerebro, donde constantemente colapsa la función de onda y me hace sentir que existo. A través de estos tubos microscópicos, esqueleto de la neurona y estructura a través de la que se comunican las diferentes partes de esta célula y de las miles de millones que constituyen nuestro organismo, se mueve toda la información que necesito, tanto para vivir liderando la homeostasis de un sistema altamente organizado, como para morir al frente de la entropía de una existencia en fase de descomposición.

Stanislav Grof, psiquiatra y profesor del Departamento de Filosofía, Cosmología y Consciencia en el prestigioso Instituto de Estudios Integrales de California, cree que la consciencia es algo más que un subproducto accidental de los procesos neurofisiológicos y bioquímicos que tienen lugar en el cerebro humano. Para Grof, diseñador fundamental de los pilares de la psicología transpersonal, la consciencia es la expresión y el reflejo de una inteligencia cósmica que impregna la totalidad del universo y la existencia entera. En su opinión, no sólo somos animales altamente evolucionados que disponen de computadores biológicos alojados en el interior del cráneo, sino que también somos campos de consciencia ilimitados que trascienden el tiempo, el espacio, la materia y la causalidad.

Mediante estados alterados de consciencia, inducidos por drogas o por técnicas holotrópicas, rozas la sensación de no tener límites y sientes que tu mente también está fuera del cuerpo, intuyes ser parte de la infinita totalidad y visualizas la filogénesis a través de las ondas electromagnéticas que emiten tus tres cerebros, el reptiliano te conecta con la necesidad de prevalecer, de subsistir a toda costa, eres un superviviente, un héroe curtido en decenas de derrotas parciales que siempre te han conducido a la victoria final; el límbico te sienta frente a la memoria y las emociones que emergen al recorrerla, los sentimientos que te permiten relacionarte con el entorno que, al igual que tú, está en constante proceso de mutación; y, por último, el neocórtex ofreciéndote la esencia divina de la creatividad, la posibilidad de no ser sólo parte del todo sino también crear como ese ser primigenio que realizó el gran diseño del universo y configuró el código genético que te permite evolucionar, al menos de dos maneras, a saber: consiguiendo mejoras por acumulación de pequeñas mutaciones genéticas durante cientos de miles de años o, por evolución cultural, herramienta mucho más extrema a través de la cual emerge y se expande continuamente tu consciencia, dando saltos evolutivos en pocos miles de años como el que has experimentado saltando del martillo a la cámara de cine o al ordenador.

“Algunos autores sugieren que la consciencia comenzó a evolucionar mediante mecanismos de evolución cultural y no de evolución biológica. Mediante la evolución biológica las cosas sucedían con mucha lentitud. Si se precisaban unos colmillos más largos y afilados para cazar mejor a sus presas, la transformación sucedía mediante mutaciones genéticas ventajosas de su mandíbula que se acumulaban a lo largo de cientos de miles de años de evolución. Tras la evolución cultural, las cosas suceden con mayor rapidez. Si un miembro de la tribu descubría una piedra que no se mellaba con facilidad, conseguía las mismas ventajas en una sola generación que las que proporcionarían unos colmillos afilados a lo largo de miles de años de evolución y, además, podía transmitir estos conocimientos al resto de la tribu de manera rápida. (J.E. Campillo, 2021)

La evolución cultural como el mecanismo clave para entender el motivo por el que no encontramos el eslabón perdido que nos conecta con nuestros hermanos los grandes simios; el enlace que nos explique por qué nos hacemos preguntas, por qué hemos escrito miles de libros sobre metafísica, por qué hay manos rojas, blancas y negras pintadas en cuevas hace cincuenta mil años; momento en el que muchos arqueólogos fijan la explosión creativa y cultural que vivió la especie humana en todo el planeta y que dio origen a lo que somos hoy en día. En los yacimientos arqueológicos de esa época se constata un cambio brusco en la forma de alimentarse, en la elaboración de armas y herramientas y en la representación simbólica. Resultando un misterio fascinante que se diera al mismo tiempo en lugares tan alejados como Cantabria o la isla de Célebes (Sulawesi) en Indonesia.

Una de las hipótesis que con más fuerza se abre camino para explicar este episodio central en la génesis de la especie que somos hoy en día, es la que acuñó el visionario biólogo e investigador de la Royal Society, Rupert Sheldrake con sus campos mórficos, expuestos en su gran tesis “Una nueva ciencia de la vida” publicada en 1981 y que la prestigiosa revista Nature calificó, tras devorar su primera edición, como “el mejor candidato a la hoguera que se ha visto en muchos años”

Para Sheldrake, los campos mórficos son estructuras que tienen memoria acumulativa basada en lo que les ha sucedido a otras especies en el pasado, las cosas similares influyen sobre las cosas similares a lo largo del tiempo y el espacio. A esta memoria le llama resonancia mórfica y es la que guarda los planos de construcción de cada ser vivo de cada especie. La resonancia mórfica actúa desde el pasado hacia el futuro. Mediante la resonancia mórfica cada miembro de una especie es atraído hacia la memoria colectiva de la misma, a la que también aporta su propia contribución. Esto sucede a todos los niveles, de las moléculas a las poblaciones, e incluye todos los aspectos relacionados con la actividad cerebral y la consciencia.

Son hipótesis muy cercanas al inconsciente colectivo de C.G. Jung o la unidad de todo lo creado descrita en Los Vedas hace miles de años. Sheldrake y otros investigadores que comporten su visión han promovido experimentos con ratas y perros en diferentes laboratorios de todo el mundo. Las ratas de Harvard, Escocia y Australia aumentaban su índice de aprendizaje de una determinada habilidad en más de diez veces cuando otras ratas en otro lugar del mundo ya lo habían aprendido, sin que tuvieran ningún contacto ni relación genética entre ellas.

“Cada vez que se forma un átomo, los electrones ocupan, en torno al núcleo, los mismos orbitales; los átomos se combinan repetidamente dando lugar a las mismas formas moleculares; las moléculas cristalizan una y otra vez ateniéndose a las mismas pautas; las semillas de una determinada especie dan lugar, año tras año, a plantas que presentan el mismo aspecto y, generación tras generación, las arañas tejen el mismo tipo de telaraña. Las formas se originan repitiendo, una y otra vez, el mismo tipo de pauta. Y es precisamente este hecho el que nos permite reconocer, identificar y nombrar las cosas.” (R. Sheldrake, 1981)

Esta memoria de la naturaleza impresa en los seres vivos, en los planetas y en las galaxias, nos permite reconocer el mundo en el que habitamos y poder crear realidades comunes, donde compartir con los miembros de nuestra especie, una red de conexiones electromagnéticas que nos permite ser conscientes, tanto de nosotros mismos como organismos independientes, como de ser una existencia no limitada por las fronteras biológicas que nos hacen percibir nuestros cuerpos como sistemas cerrados, sino entender que nuestra mente, nuestra consciencia, y por lo tanto nuestro yo, se encuentra tanto dentro como fuera de nuestro organismos; siendo nuestros miles de millones de células una suerte de antena a través de la cual asistimos fascinados al rodaje diario de nuestras vidas. Somos los protagonistas de una película de la que no conocemos ni al guionista, ni al productor, ni al director; pero lo damos todo interpretándonos a nosotros mismos, siendo los héroes cotidianos de mil pequeñas batallas, los sumos sacerdotes encargados de los sacrificios a los dioses para que nuestro mundo no sea engullido por la entropía y, por supuesto, los líderes indiscutibles del eterno renacimiento diario con cada amanecer.

Los campos mórficos, el campo punto cero, la red de mentes, el cerebro global; la existencia de una mente colectiva lleva siendo descrita por la mística miles de años pero, por la ciencia, las primeras nociones fueron propuestas por el gran científico Nikola Tesla a finales del siglo XIX, siendo el físico, Peter Russell, quien mencionó por primera vez el término cerebro global en su libro con el mismo título publicado en 1981. Este personaje de novela de aventuras, se licenció en física teórica y psicología en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, donde estudió durante un tiempo bajo la autoridad de Stephen Hawking. Su posterior viaje a la India le condujo a una exploración de por vida de la meditación, la filosofía oriental, y la naturaleza de la consciencia. A su vuelta, profundizó en el campo de la psicología de la meditación en la universidad de Bristol. A partir de entonces, su prioridad ha sido la exploración y el desarrollo de la consciencia humana, hermanando las visiones orientales y occidentales de la mente.

La mente extendida, término que comenzó a permear en la comunidad científica a finales de los 90, con los trabajos de la filósofa Susan Hurley, la primera mujer de la historia miembro del All Souls College de la Universidad de Oxford. Sus trabajos ahondan en darnos parámetros con los que entender que los procesos mentales no se explican sólo como procesos internos, ya que la mente no sólo existe dentro de los estrechos límites del cráneo. Su línea de investigación fue continuada por diferentes científicos siendo una de las más notables, la llevada a cabo por el catedrático de lógica y metafísica en la Universidad de Edimburgo, Andy Clark y el catedrático de filosofía de la Universidad Nacional de Australia, David Chalmers, en su libro La mente extendida publicado en 2008 donde entre otras revolucionarias ideas sobre la consciencia exponen, “Al tratar la cognición como extendida no se está adoptando simplemente una decisión terminológica; se influye significativamente sobre la metodología de la investigación científica. De hecho, los métodos explicativos que antes se tomaron como apropiados sólo para el análisis de procesos internos, ahora se están adaptando al estudio externo, lo cual promete una concepción más rica de la cognición. Algunos encuentran este tipo de externismo de mal gusto. Una razón de ello podría ser que muchos identifican lo cognitivo con lo consciente, y parece poco admisible que la consciencia se extienda más allá de la cabeza en estos casos. Pero al menos según el uso estándar, no todo proceso cognitivo es un proceso consciente. Es ampliamente aceptado que hay multitud de procesos que se hallan más allá de los límites de la consciencia que desempeñan un papel crucial en el procesamiento cognitivo: por ejemplo, en la recuperación de recuerdos, en procesos lingüísticos y en la adquisición de habilidades. Luego el simple hecho de que los procesos externos sean externos, mientras que la consciencia es interna, no es una razón para negar que esos procesos sean cognitivos” (A. Clark y D. Chalmers, 2008)

Esto nos  lleva a la conclusión de que la materia se deriva de la mente y no la mente de la materia; el mundo que percibimos en torno a nosotros no es el mundo físico. El mundo que en realidad conocemos es el mundo que toma forma en nuestra mente, y este mundo no se compone de materia, sino que su calidad es mental. Todo lo que sabemos, percibimos e imaginamos, el color, el sonido, las sensaciones, el pensamiento y los sentimientos es una forma que ha adoptado la consciencia. En lo que atañe a este mundo, todo se estructura en la consciencia.

Kant afirmaba que eso incluso se cumplía en el espacio y el tiempo. A nosotros la realidad del espacio y el tiempo nos parece innegable. Ambos parecen ser dimensiones fundamentales del mundo físico, completamente independientes de nuestra consciencia. Esto ocurre, según Kant, porque no podemos ver el mundo de otra manera. La mente humana está constituida de tal forma que se ve obligada a construir su experiencia dentro del esquema del espacio y el tiempo. El espacio y el tiempo, sin embargo, no son dimensiones fundamentales de la realidad subyacente; son dimensiones fundamentales de la consciencia.

Resulta inquietante que un filósofo del siglo XVIII sostuviera una hipótesis que la física teórica de vanguardia, hoy en día, está confirmando. A no ser que el conocimiento en su totalidad esté ahí afuera y sólo tengamos que sintonizar la frecuencia correcta para que nuestra mente, a modo de antena universal, capte toda la sabiduría acumulada durante eones por el universo. ¿Por qué estas dimensiones de espacio y de tiempo, tan inconmensurables para la mente humana? ¿Por qué ser conscientes de lo incognoscible? ¿De lo que se nos escapa entre los sentidos? Quizás,  para que seamos el observador que haga posible que el universo se cree (Big Bang) y se destruya (Big Crunch) a sí mismo una y otra vez, en un bucle eterno o gran rebote (Big Bounce).

La consciencia como observadora de un eterno retorno para el que la única salida de la prisión sea el antropocentrismo; asumir que somos parte de la simulación de realidad que nuestra mente hace de nosotros mismos y de nuestro entorno; en el cual, como nos recuerda el doctor Robert Lanza, no existe ni sonido, ni tacto, ni color, ni olor… “Si es cierto que tradicionalmente los físicos han abordado las cuestiones más fundamentales del universo con grandes teorías unificadas –atrayentes y glamurosas-, también lo es que tales teorías siguen siendo una evasión, si no una revocación, del misterio central del conocimiento; y ese misterio es que, no se sabe cómo, ¡las leyes del mundo crearon antes de nada al observador! Este es precisamente uno de los temas centrales del Biocentrismo, que el observador animal crea la realidad y no a la inversa” (Dr. Robert Lanza, 2009)

Así pues, lo primero que hay que cuestionarse es la idea tradicionalmente aceptada de que el universo existiría incluso si estuviera desprovisto de vida y no hubiera en él ningún tipo de consciencia que lo percibiera. Más allá de la interpretación que los sentidos hacen del mundo que nos rodea no hay nada, o más bien la nada absoluta que es igual al todo; un todo en potencia donde nuestros sentidos pueden crear cualquier cosa que imaginemos, que pensemos, porque la matriz que nos da cobertura para dar forma a todas nuestras fantasías es inagotable; pero, ¿si un árbol cae en un bosque en el que no hay nadie, hace ruido? En realidad, no; genera perturbaciones de presión en el aire que se propagan a 1200 km por hora, ligerísimas y veloces ráfagas de viento, sin ningún sonido asociado a ellas; es decir, en ausencia del dueto cerebro-oído, cuando un árbol cae en el bosque no hay sonido. En ausencia de la consciencia y de la vida que la porta, no hay nada más que datos a interpretar, a convertir en múltiples realidades que darán lugar, según ya indica la teoría de cuerdas, a múltiples universos coexistiendo en el mismo espacio y tiempo en el que nuestra mente crea para darnos una ilusión de existencia coherente con nuestra función en el gran diseño.

En el mismo espacio extravagante y desértico donde habita la memoria, nos encontramos al analizar fisiológicamente lo que vemos y su relación con lo que denominamos realidad cotidiana; tomemos el mágico arco iris como punto de partida; es verdad que si no hay sol, gotas de agua y un ojo-cerebro consciente, no hay nada, o más bien, hay incontables billones de arcos potenciales, cada uno de ellos borrosamente separado del siguiente por un margen mínimo. Dependiendo de dónde se sitúe el observador y la distancia con las gotas de agua, los ojos convertirán la luz refractada por estas al ser iluminadas por el sol, en la geometría necesaria para que nuestra mente cree una escena donde nos abrazamos con la persona amada y hacemos el amor al ritmo que converge la luz sobre el horizonte de nuestros deseos; pero no sin ficción, ya que fuera de la realidad que impone nuestra consciencia sólo hay alteraciones bioquímicas sin forma, sin aroma, sin tacto, sin piel… Y esto no es especulativo ni filosófico; es la ciencia básica que podríamos encontrarnos en cualquier clase de Ciencias Naturales de primaria.

Todo gravita sobre el yo y los límites donde considero que existo; puedo mover los dedos de una mano siempre que lo desee pero no puedo mover los dedos de la mano de alguien que está frente a mí, por lo tanto el yo comienza y termina con el poder de manipulación de mi mente; si pudiese ordenar a alguien que moviera su cuerpo al ritmo de mis órdenes, mi yo no terminaría en mi cuerpo sino que se extendería por el de aquella persona o por cualquier animal o cosa que fuera susceptible de ser manipulado por mi mente.

“El mundo parece estar diseñado para la vida, y no sólo a la escala microscópica del átomo, sino a la del universo. Los científicos han descubierto que el cosmos tiene una lista muy larga de atributos que hacen que parezca que todo lo que contiene, desde los átomos a las estrellas, esté hecho exactamente a nuestra medida” (Dr. R. Lanza, 2009)

La vida, la consciencia, es aquello que pasa y no tenemos a mano la tecnología con la que medir su intensidad o frecuencia; eros y tanatos jugando al ajedrez; viviendo la exquisita sincronía de nacer y morir en este planeta, cuya órbita es la idónea para recordarnos que somos la voluntad de la consciencia primigenia.

  • Portada del mágico pintor @joanalbertsitjes

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