La decadencia del libre albedrío

“La ciencia no puede resolver el misterio definitivo de la Naturaleza. Y es porque en último término nosotros mismos somos parte del misterio que intentamos resolver”

Max Planck

La certeza de no tener el control absoluto sobre nuestras vidas, debería liberarnos para siempre de la preocupación de planificar nuestro futuro inmediato; no sabemos cuándo ni cómo moriremos; no sabemos en qué momento puede desencadenarse una situación que ponga en peligro nuestras finanzas, nuestro amor… La verdad es que nuestro destino está en manos de un ignoto y caprichoso demiurgo; la capacidad de decidir es una mera ilusión, ya que en los acontecimientos que vivimos cada día entran en juego miles de variables que desconocemos en su totalidad.

Buceando en el origen de esta incapacidad, por parte del ser humano, de saber con certeza, qué le acontecerá tras cada decisión,  investigadores de la talla del  doctor Benjamín Libet, ya en 1985, arrojaron serias dudas sobre la misma existencia del libre albedrío. Los resultados fueron claros, los electroencefalogramas mostraban que el cerebro toma la decisión alrededor de trescientos milisegundos antes de que la persona tome conciencia de ella. Eso significa que, en gran medida, el libre albedrío es falso. El cerebro toma las decisiones con antelación, sin la participación de la conciencia, y después nos hace creer que la decisión fue consciente. Sobre este juego que mantienen cerebro y realidad, “el doctor Michael Sweeney concluye: “Los resultados de Libet sugieren que el cerebro sabe lo que una persona decidirá antes que la persona (…) El mundo debe reevaluar no solo la idea de que los movimientos se dividen entre voluntarios e involuntarios, sino la propia noción de libre albedrío.” (1)

En el campo de batalla, para sobrevivir, dependemos de que la bala se dispare y esto, a su vez, depende de que una chispa microscópica encienda la pólvora. Cuando hacemos el amor, para tener un orgasmo, dependemos de complejas reacciones biológicas que, a su vez, dependen de sofisticadas interacciones moleculares, en las que interviene, de manera decisiva, el imprevisible movimiento de los electrones. Por lo tanto, resulta evidente que las fluctuaciones cuánticas en la pólvora determinan si el arma se dispara, o la bala permanece en la recámara, lo que al tiempo condiciona qué bando ganará la guerra. A su vez, las reacciones biológicas, a escala molecular, determinan la clase de sexo que tendrás con tu pareja. Resulta inquietante que todo esté condicionado por una silenciosa, implacable e impredecible cadena de fluctuaciones cuánticas.

Así pues, no existe ese abismo insondable que separa el mundo cuántico e invisible del que experimentamos a diario, macroscópico y visible. Las exóticas características de la teoría cuántica impregnan nuestra realidad cotidiana. “Esas funciones de onda nunca se colapsan, sino que siguen dividiéndose indefinidamente en universos paralelos; la creación de universos paralelos nunca se detiene. Las paradojas del micromundo, (por ejemplo, estar simultáneamente vivo y muerto, encontrarse en dos lugares a la vez, desaparecer y volver a aparecer en otro lugar) ahora llegan también a nuestro mundo.” (2)

Según Bohr, hay un muro invisible que separa el mundo atómico del mundo macroscópico familiar y cotidiano. Mientras el mundo atómico obedece a las extrañas leyes de la teoría cuántica, nosotros vivimos nuestras vidas fuera del muro, en un mundo de planetas y estrellas bien definidos donde las ondas ya se han descompuesto.

A cada instante, cambiamos el concepto de realidad, adaptándolo a la interpretación que nuestro cerebro diseña del mundo que nos rodea; lo hacemos inconscientemente millones de veces cada día;  lo cercano y lo lejano, el antes y el después mezclándose para hacer saltar por los aires nuestro sistema de creencias y nuestra posición en lo que llamamos universo que, además, se reduce al espacio que somos capaces de observar a través de nuestros ingeniosos, y aún limitados, telescopios.

Para visualizar la imagen del cosmos, tras miles de millones de años de expansión, podemos imaginar un globo que se infla rápidamente con las galaxias pintadas en la superficie. El universo que vemos poblado de estrellas y galaxias se encuentra en la superficie de este globo; ahora dibujamos un círculo microscópico en la superficie del mismo, este pequeño círculo representa el universo visible, todo lo que podemos ver con nuestros telescopios; y el resto del globo, todo el universo que aún está fuera de nuestro alcance de observación. Es decir, “la expansión inflacionaria fue tan intensa tras el Big Bang, que hay regiones enteras del universo, más allá de nuestro universo visible, que siempre estarán fuera de nuestro alcance”. (3)

Podemos plegarnos sobre nosotros mismos en posición fetal, meditar durante horas para bajar a mínimos los niveles de cortisol, hacer el amor, despachar con nuestro abogado, invertir con nuestro asesor financiero, practicar la posición ideal de los pulgares al agarrar el palo de golf, coger un vuelo a Tokio, a los cuatro días uno a Viena, pasadas cuarenta y ocho horas uno a Dallas y, por último, uno que nos inyecte en el iniciático Jerusalén… No podemos escapar ni encontrarnos a nosotros mismos. ¿En cuántos universos paralelos existimos a la vez?

A estas preguntas llevamos intentando responder durante siglos y la razón por la cual algunas hipótesis rompedoras, como la relatividad de Einstein o la cuántica de Bohr, perturban nuestro sentido común, no es porque sean exóticas o fallidas, sino porque nuestro sentido común no representa la realidad. Somos nosotros los bichos raros del universo, “vivimos en una parcela poco habitual, donde las temperaturas, las densidades y las velocidades son bastante suaves. Sin embargo, en el universo real, las temperaturas pueden ser abrasadoramente calientes en el centro de las estrellas, o espantosamente frías en el espacio exterior y, las partículas subatómicas que vuelan en el espacio, suelen viajar a la velocidad de la luz” (4)

Estas reflexiones nos llevan a ser conscientes de haber asistido a la evolución de nuestros sentidos en una parte realmente pequeña y muy poco común del universo, nuestro planeta, Gaia, la Tierra. No es sorprendente que, desde tan modesta atalaya, no podamos ver el verdadero universo; el problema no radica en la relatividad o en la cuántica; sino de nuevo, en presuponer que la interpretación que nuestro cerebro hace con la información de nuestros sentidos, representa la realidad.

Resulta inquietante tener en cuenta que, la estabilidad aparente de nuestro mundo se basa en la locura absoluta con la que los electrones experimentan su existencia; pues, lo que realmente mantiene a dos átomos atrapados en una molécula estable, es el hecho de que los electrones pueden estar simultáneamente en tantos sitios a la vez, que forman una nube de electrones que une los átomos. De esta manera, la razón por la que las moléculas son estables y el universo no se desintegra ante nuestros alucinados ojos, es porque los electrones pueden ocupar muchas posiciones al mismo tiempo. A este fascinante sin sentido se une que, cada vez que enfocamos nuestra intención en realizar una medición de la invisible onda de estos fascinantes e impredecibles entes, con el fin de predecir en qué punto aparecerán como partícula visible, hacemos colapsar la onda y por lo tanto hacemos aparecer la partícula; con lo cual, no podemos objetivamente calcular nada, pues lo modificamos con nuestra intención de calcularlo.

Así pues, el principio de incertidumbre de Schrödinger ya no versa sobre si el gato estará vivo o muerto cuando abramos la fatídica caja, sino que nos conduce a cuestionarnos sobre la existencia misma del gato, ¿existe realmente este animal si nadie lo mira?; al observarlo, ¿puede estar vivo y muerto a la vez?  

El físico Andrei Linde nos guía a través de esta jungla espesa de energía oscura, de la energía invisible, oculta en el vacío del espacio, que ya se ha consolidando como la más firme candidata a desvelarnos algunos de los secretos de la Mente de Dios, “como ser humano, no conozco ningún sentido en el que me pueda basar, para decir que el universo está aquí en ausencia de observadores. Estamos juntos, el universo y nosotros; si me dices que el universo existe sin observadores, no puedo encontrar ningún sentido en ello. No puedo imaginar una teoría coherente del todo que ignore la conciencia. Un mecanismo de grabación no puede representar el papel de un observador, porque ¿Quién leerá lo que está escrito en este mecanismo? (…) En ausencia de observadores, nuestro universo está muerto”.

Sabios y místicos coinciden en que detrás de todo hay una teoría sencilla, elegante y convincente que, sin embargo, es lo bastante loca y absurda para ser verdad y explicarlo Todo.

“Como los mapas de la Tierra mostraban un gran espacio vacío donde debía estar el polo norte, los primeros exploradores simplemente presumieron que debía existir, aunque ninguno de ellos lo hubiera visitado todavía. De manera similar, los físicos actuales, como los primeros exploradores, tienen grandes pruebas indirectas que apuntan a la existencia de una teoría del todo, aunque de momento no haya un consenso universal sobre cuál es esta teoría” (5)

Los místicos hace tiempo que sienten esa unidad de todas las fuerzas del universo; esperemos ilusionados y disfrutando de la vida, el momento en el que la ciencia llegue a ello.

(1), (2), (3), (4) y (5) Universos Paralelos, Michio Kaku. Ed. Atlanta, 2005

  • Portada de la pintora cuántica Nela Prieto

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