Paraísos Invisibles

Al cerrarse las puertas comprende que se ha quedado dentro. El plan durante tanto tiempo ensayado no ha servido de nada. Llegará la policía y esta noche dormirá entre rejas.

– ¿Cómo he podido ser tan lento? – se pregunta R3 – No debía haberme sentado frente a este cuadro. Es la obsesión de mi vida. Debía haberlo sabido. Me iba a absorber, a sacarme del tiempo real para sumergirme en el suyo. En un tiempo infinito. En ciudades no habitadas. En planetas que giran en torno a la ausencia de una estrella. Que giran en torno al vacío absoluto. En torno a ellos mismos – susurra R3 con la mirada clavada en el cuadro.

– Un año preparando la entrada al museo. Más de cien visitas para visualizar todos los movimientos de las cámaras de seguridad y de los vigilantes… Para quedar absorto frente al cuadro que voy a robar y que podría haber contemplado, en el sótano de mi casa, el resto de mi vida – piensa R3 – Lo tenía todo preparado, regulador de temperatura, humedad y acidez. W9 lo pintó hace tres siglos, hay que tratarlo con mucho cuidado. Todo se ha venido abajo. Ya oigo las sirenas. Tengo quince minutos hasta que lleguen a esta sala. Lo contemplaré mientras se acercan.

R3 se acomoda en la butaca frente al cuadro. Se acerca y lo acaricia con la delicadeza del que toca, por última vez, la piel muerta del ser querido. Se entrega a los trazos fluidos y densos con los que el pintor consteló el dolor del lienzo en blanco. Rastrea la huella errante del pincel construyendo universos íntimos a su paso. Siente el latir de la sangre en las yemas de sus dedos… Pasión, magia, alquimia, equilibrio…

– Oigo sus pasos acelerados y bruscos. Ya se están abriendo las puertas del primer piso, en tres minutos estarán aquí… ¡Qué pureza en estas líneas de mar!… – Tres linternas quiebran la paz de la sala – Se acercan. No puedo moverme. Me están preguntado qué hago aquí. No puedo hablar, no me salen las palabras. Pero sigo contemplando el nacimiento de la luz del día entre las crestas azules de las olas salvajes del lienzo. Me están levantando, me arrastran pues no puedo moverme. Me han esposado. Veo cómo sus bocas hablan ante mí pero no puedo oírles…

El agente que detuvo a R3, nunca llegó a entender qué hacía ese hombre en la sala Mónaco con los ojos clavados en una pared vacía.

  • Cuadro a cargo de la mágica pintora Nela Prieto

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