El Colapso de la Ley de Moore

Inmortalidad e inteligencia artificial

“Llegará un momento en el que tendremos que decidir, si nos mezclamos con las máquinas o nos apartamos de su camino”

                                            Doctor Ray Kurzweil

Cuando la experiencia extracorpórea, la sensación de abandonar tu cuerpo, se reproduce como una mera reacción al estimular con electrodos la zona del cerebro situada entre los lóbulos parietal y temporal, la magia ancestral que nos permite convertirnos en bestias místicas, sufre un tremendo varapalo. El doctor suizo Olaf Blanke, buscando el motivo de accesos debilitantes en una paciente, originados en su lóbulo temporal derecho, comprobó que unos cien electrodos en la zona señalada hacía que la paciente tuviera inmediatamente la sensación de que salía de su cuerpo “Me veo tumbada en la cama, desde arriba, pero sólo me veo las piernas y la parte inferior del tronco”, exclamó.

En esta misma línea de actuación, que podríamos denominar como la caza de la magia primigenia que aún anida virgen entre el musgo, la roca y los robles de los bosques celtas o en los reductos animistas de las junglas que aún sobreviven a nuestro irresponsable ataque, se encuadra la experiencia que nos traslada el Premio Nobel Richard Feynman, cuando tras sumergirse en un tanque de privación sensorial consiguió abandonar su cuerpo físico y escribió más tarde que sintió como salía de su cuerpo, flotaba por el espacio y al mirar atrás veía su cuerpo inmóvil. Sin embargo, para desdicha de los fieles a las explicaciones metafísicas, el galardonado científico concluía: “No he visto que se infrinja ninguna ley de la física”, como queriendo decir, es muy probable que sólo sea la imaginación, estimulada por la privación sensorial.

Aun así, esa manera prosaica de entender el funcionamiento del cerebro, de la mente, de la realidad en toda su complejidad, no es capaz de agotar el flujo magmático de espiritualidad y trascendencia que incansable emerge cada vez que investigamos o realizamos una aproximación, ya sea reduccionista u holística, a cómo percibimos el entorno donde vivimos, cómo afecta éste a nuestra psicobiología y, a su vez, cómo influimos nosotros en esa realidad en la que está incluido lo otro, los otros… En esa naturaleza sublime, con la misma capacidad de crear vida inteligente de la nada, como de hacer desaparecer en segundos a civilizaciones milenarias, sin dejar de ellas el mínimo rastro o, tan sólo, su tecnología vagando huérfana por el Sistema Solar.

Es cierto que, si la información que nos llega de nuestros ojos para crear un modelo de nuestra posición en el espacio, no coincide con la que nos envía nuestro oído interno estamos perdidos, en segundos estaremos mareados y con ganas de vomitar. Eso es lo que nos pasa cuando viajamos en un barco, nuestros ojos miran las paredes del camarote que no se mueven, pero el oído interno capta el movimiento del barco oscilando al ritmo de las olas y, de ahí el mareo, la confusión y las náuseas.  

Así es de frágil y fascinante nuestro equilibrio. Viajamos a miles de kilómetros por hora surcando un espacio infinito y, al mismo tiempo, un pequeño oleaje nos hace vomitar y quedar fuera de combate. Ante esta paradoja, de potencia infinita e indefensión total, no tenemos otra opción que la inteligencia artificial para conseguir habitar en el cosmos, sin estar expuestos a quedar inoperativos en cada intento. El doctor Ray Kurzweil nos recuerda que, cómo sabemos por la Ley de Moore, llegará un momento en el que la potencia informática ya no podrá avanzar creando transmisores cada vez más pequeños. En opinión de Kurzweil, la única manera de seguir avanzando será aumentando el tamaño general “Lo que llevará a los robots a buscar más potencia devorando los minerales de la Tierra. Cuando el planeta se haya convertido en un ordenador gigantesco, los robots se verán obligados a salir al espacio en busca de otras fuentes de potencia. Con el tiempo, pueden llegar a consumir la energía de estrellas enteras” (M. Kaku, 2017)

Una limitación, comenta Kurzweil, a ese crecimiento exponencial de la potencia, puede tocar techo si esas máquinas no consiguen romper la barrera de la velocidad de la luz. Si esto ocurre, para evolucionar tendrán que alterar las propias Leyes de la física.

El hombre se mezcla con la máquina y comienza a buscar la manera de extraer la conciencia inmortal de su cuerpo perecedero. Una línea de investigación ya sobre la mesa es el Proyecto Conectoma, que se propone replicar neurona a neurona la arquitectura completa del cerebro. Ahí ya, tendríamos todos nuestros recuerdos y rasgos de personalidad listos para ser volcados en un nuevo cuerpo, o en una máquina sin límites de tiempo en la cual experimentaríamos la eternidad. Se pregunta el doctor Sebastian Seung de Conectoma “¿Hacemos bien en ridiculizar a los modernos buscadores de la inmortalidad llamándoles locos? ¿O algún día ellos se reirán sobre nuestras tumbas?” (M. Kaku, 2017)

Todo apunta a que deseamos evolucionar, salvar enfermedades, sufrimiento y alejarnos de la vejez decadente que te expulsa del sistema poniendo mil trabas tecnológicas entre tus deseos y la consecución de los mismos. No queremos abandonar el Paraíso para fundirnos con el Todo en una indefinible conciencia cósmica demasiado abstracta para la mayoría; pero tampoco queremos la inmortalidad a cualquier precio. ¿Quién va a desear que se vuelque su conciencia en una máquina, y vivir eternamente en un mundo de transmisores y ordenadores cuánticos?

Queremos la vida eterna, saltar de un cosmos a otro y poder cambiarnos un órgano disfuncional por otro en perfecto estado, de una manera fácil y sencilla pero, no queremos perder nuestra personalidad, no queremos cambiar de apariencia; deseamos ser súper humanos pero, por encima de todo, seguir siendo humanos y al mirarnos al espejo ver nuestro rostro y no un amasijo de piezas de carbono. “En el futuro, quizá será posible fabricar nanofibras, tal vez de nanotubos de carbono de una molécula de grosor, tan finas que podrían conectarse con las neuronas con precisión quirúrgica” (M. Kaku, 2017) Es decir, dejar nuestra apariencia inalterada, con nuestras capacidades mentales mejoradas.

Deseamos ser moradores del cosmos y de las cavernas, viajeros celestiales y cavernícolas al mismo tiempo. No envejecer en millones de años, alimentarnos de la energía de estrellas como nuestro Sol, y a la vez seguir haciendo el amor tras una cena romántica a la luz de la Luna. Por lo tanto la conexión con la inteligencia artificial que nos convierte en inmortales tendrá que ser inalámbrica, no queremos convertirnos en híbridos extraños ni estar atados a un cable enchufado a la médula espinal como en Matrix o a una placenta gelatinosa como en ExistenZ.

“Así pues, el verdadero Conectoma residiría en un superordenador inmóvil, pero que su conciencia pudiera manifestarse en un cuerpo sustituto, móvil y perfecto (M. Kaku, 2017) Que la mente se libere de su cuerpo material y explore el universo como un ser de energía pura, ya encaja con las leyes de la física actual. Así pues, quizá sólo  sea un problema de ingeniería y de economía el hacerlo posible. La expansión de la conciencia por el universo ha sido considerada por físicos como Sir Martin Rees, astrónomo real de Gran Bretaña, quien ha escrito que “Los agujeros de gusano, las dimensiones extras y los ordenadores cuánticos abren panoramas especulativos que podrían transformar todo nuestro universo en un ¡cosmos vivo!” (M. Rees, 2003)

  • La fotocomposición que acompaña este artículo es obra de Nela Prieto, una fantástica pintora… Y mi prima

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