Non serviam. Robótica y Autoconciencia

“Somos una civilización científica… Lo cual significa una civilización en la que el conocimiento y su integridad son fundamentales. “Ciencia” no es más que una palabra latina que significa conocimiento… El conocimiento es nuestro destino”

                                                       Jacob Bronowski

Cuando una persona tiene afectada la comunicación entre el lóbulo prefrontal (responsable del pensamiento racional) y los centros emocionales (como el sistema límbico) es incapaz de tomar una decisión. No puede elegir entre el camino de la derecha o el de la izquierda. Emulando al asno de Buridán, pueden pasarse horas ante una naranja y una manzana sin poder optar por ninguna de ellas. Este hecho, pone en evidencia que las emociones guían a la razón a la hora de tomar decisiones. Por lo tanto, debemos prestar atención no sólo a desarrollar el intelecto sino también a conocer nuestras emociones, ya que de ellas depende la elección de la pareja con la que vivimos, la ropa que nos ponemos, el trabajo que desarrollamos, el tipo de gente que nos gusta, la que nos desagrada y, por supuesto, lo que pensamos de nosotros mismos.

Las emociones unifican las cuatro realidades que nos componen como seres vivos: orgánica, cerebral, psíquica y energética. Partiendo de este tetramorfo sagrado, hace años que creamos inteligencia artificial con capacidad de reconocerse a sí misma en un espejo ¿Qué creía observar el robot Nico? Programado en la Universidad de Yale en 2012 por el equipo de Justin Hart y primer no ser vivo en tener conciencia de sí mismo: “Que nosotros sepamos, este es el primer sistema robótico que intenta utilizar un espejo de este modo, lo que representa un importante paso hacia un sistema de cohesión que permita a los robots aprender sobre sus cuerpos y su apariencia por medio de la autoobservación, una importante capacidad necesaria para pasar la prueba del espejo” (J. Hart, 2012)

Cuando el ser humano, rey absoluto de las formas de vida que pueblan La Tierra, observe como un robot se incluye a sí mismo en un modelo de su entorno y después hace simulaciones de ese modelo en situaciones futuras para lograr un objetivo, con el fin de anticipar una variedad de sucesos; será ahí, en ese momento, cuando tendremos que aceptar que nuestra creación, la inteligencia artificial,  es autoconsciente y nos supera en inteligencia. En ese momento, cuando el robot defienda su existencia, incluso poniendo su supervivencia por encima de la nuestra, será cuando recordemos las emotivas palabras del doctor Hans Moravec, ex director del Laboratorio de Inteligencia Artificial de la Universidad de Carnegie Mellon: “Liberados de la lenta marcha de la evolución biológica, los hijos de nuestras mentes podrán crecer libremente para afrontar desafíos inmensos y fundamentales en la inmensidad del universo (…) Los humanos nos beneficiaremos durante algún tiempo de su trabajo, pero (…) como los hijos naturales, ellos buscarán su propio destino mientras nosotros, sus ancianos padres, nos extinguiremos en silencio”.

Aun así, los seres vivos somos amor y esto implica ser Yan: alcalinos, compactos, definidos como un útero, fuertes y sólidos. Por oposición,  también somos miedo, o sea Yin: ácidos, de formas en constante dilatación, húmedas y viscosas. Alternamos ambos estados, configurando una arquitectura cohesiva entre lo heroico y lo miserable. En nosotros todo es necesario, el paraíso y el holocausto.

Necesitamos subir el nivel de exigencia con nosotros mismos y obligarnos a reconocer ante el espejo que somos invulnerables. Fluir en la misma longitud de onda que el coronel Bill Kilgore en Apocalipsis Now, caminar entre las balas de los Ejércitos de la Humillación con total confianza de no ser alcanzados, de ser intocables.

“¡El estado de salud no existe! Es una figura retórica, muy cómodamente instalada en las universidades y los libros. Pero, en realidad, la persona que está leyendo estas páginas está respirando… en unos pocos segundos, volverá a inspirar, y lo hace porque está en anoxia o en hipoxia. Estamos en constante peligro de morir deshidratados, desnutridos, permanentemente enfermos y, permanentemente, recuperando la salud.” (Chistian Fléche, 2005)

¿Cómo vamos a dejar de existir al entrar en un estado incompatible con la vida? Da igual, estamos hechos de los mismos materiales que componen el Sistema Solar y La Galaxia que lo acoge. Los metales pesados que integran nuestros cuerpos se han gestado en una supernova anterior al Sol y la Homeostasis que regula el latido de nuestro corazón tiene eones luz.

La definición de conciencia de uno mismo manejada en ámbitos tecnócratas es todo lo que hemos visto, pero el sentido común nos dice que estamos diseñados como un sistema capaz de generar felicidad de manera sostenible. Sabemos catalogar, evaluar y poner precio, pero esto no nos sirve de nada, pues somos el enigma que intentamos descubrir. Somos la esquiva definición de vida. El problema y la solución. Sólo podemos avanzar en la aceptación absoluta, pues hemos sido creados, por el Misterio, de sí mismo. Somos lo que no tiene límites y lo limitado. Lo único desconocido de todo lo que conocemos. Somos el Ser Absoluto, el Demiurgo, somos Dios.

A partir de aquí qué importa lo que nos digan, lo que sintamos, lo que pensemos, lo que hagamos, lo que nos pase… Somos Dios, no podemos equivocarnos. Todo está medido, todo está calculado. En nada se diferencia lo que observamos bajo nuestros pies de lo que hay sobre nuestras cabezas. El interior de nuestro cuerpo forma un campo continuo con lo que hay al otro lado de nuestra piel. La muerte es una puerta a otro estado. Somos el Todo en todos, la Creación y su autor.  No podemos juzgar ni ser juzgados. No tenemos principio ni fin. Transcendemos porque no estamos condicionados por el tiempo ni por el espacio. Somos el tiempo y somos el espacio. Lo anterior al movimiento y a la quietud, materia y antimateria. El Demiurgo enamorándose de las partículas y de las antipartículas que bailan en las noches sagradas en torno a la única Luz.

2 Comentarios

  1. El asno de Buridán, a bocados, reduciendo al robot que defiende su existencia, hijo de nuestra mente.
    Hay mucha profundidad en la perspectiva, Dr. Y al mismo tiempo, una lucha que deja de ser cuando se piensa… Personalmente, me llevo un nuevo zoom, largo hasta la muerte o abrir la puerta.

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