Tecnocracia y Primitivismo Emocional

“Por eso mismo he adquirido la certeza de que las catástrofes sólo vienen para evitarnos lo peor”

                                                                                  Christiane Singer

El infinito en el que existimos se compone en un 70 por ciento de energía oscura, en un 26 por ciento de materia oscura y en un 4 por ciento de materia ordinaria, por lo tanto somos una anomalía; somos una manifestación residual de la conciencia del Todo que se revela contra su papel de comparsa en la Gran Función. Espacio cuantificable en billones de años luz, belleza sideral sin parangón en la Tierra; excepciones a las leyes fundamentales de la cosmología que nos rompen el cerebro. Por eso desde que resido en este planeta, he adquirido como E. Roosevelt la certeza de considerar que “el futuro pertenece a los que creen en la belleza de sus sueños”

Hemos tocado el cielo y el infierno a la vez, tan de cerca que parecía que existían de verdad. La inercia expansiva de la vida tirando para un lado y el agujero negro de la muerte tirando para el otro. Dos frentes convertidos en zonas huecas por donde se cuela el viento cósmico de los pasos perdidos, de los caminos sin dirección que seguir. Horizontes vividos desde una meditación eterna sin adentro y sin afuera; vaciados de preguntas ya que las respuestas han sido sustituidas por la vida: la mística de las proteínas y de los genes.

Es importante tener en cuenta que sólo quince millones, de los más de tres mil millones pares de bases, o letras, que componen nuestro genoma, nos separan de los chimpancés, nuestro vecino más cercano genéticamente. El secreto de la inteligencia podría encontrarse en estos genes. El doctor M. Kaku nos muestra el camino: “la mayor parte de nuestro genoma está compuesto por  ADN basura que no contiene ningún gen y permaneció en gran medida inalterado por la evolución. Este ADN basura muta lentamente a un ritmo conocido (aproximadamente un 1 por ciento cambia a lo largo de  cuatro millones  de años). Puesto que la diferencia entre humanos y chimpancés es del 1,5 por ciento del ADN, eso significa que probablemente nos separamos de ellos hace unos seis millones de años. Así que existe un reloj molecular en cada una de nuestras células. Y puesto que la evolución acelera el ritmo de esas mutaciones, si analizamos donde se produjo esta aceleración podremos saber qué genes son los impulsores de la evolución.” Y lo más interesante viene de la mano de la doctora Pollard, de la Universidad de California, al descubrir que tan solo dieciocho bases, de esos tres mil millones, se han alterado desde que somos humanos. Y además esas dieciocho bases han permanecido prácticamente inalteradas durante cientos de millones de años, trescientos aproximadamente, pero en los últimos 6 millones han mutado 18 veces; de ahí se deduce lo acelerado de nuestra evolución desde el momento en el que nos separamos de los primates ¿Qué pasó hace seis millones de años? ¿Qué parte de la Voluntad de la que somos una mera, aunque maravillosa manifestación, nos hizo convertirnos en los que somos hoy en día y a tanta velocidad?

No conocemos el acontecimiento pero seguro que fue un imprevisto dramático o un accidente que puso a las especie en peligro de extinción y tuvo que evolucionar; estos dos factores son los únicos que provocan la transformación de lo vivo. Podemos comprobarlo a lo largo de todas las etapas de la evolución: “si la bacteria y el animal se transformaron, mutaron, fue gracias a los impactos externos, a las dificultades. Otro tanto ocurre en cada una de nuestras vidas; son los imprevistos difíciles los que nos permitirán no solamente adaptarnos, sino asimismo cambiar, y sobre todo evolucionar hacia nuevos campos de conocimiento, de conciencia y de ciencia” (C. Fléche, 2018)

Cuando nos deslizamos en un mundo que existe entre los sueños y la vigilia, con las partes del cerebro que controlan la percepción de ser nosotros mismos apagadas, transitamos a través de un sueño lúcido que no atiende a las leyes de la física y su pequeño mundo cognoscible a través de sus primitivas herramientas reduccionistas. No es que desde una aproximación holística salgamos mejor parados en cuanto a saber dónde estamos y por qué; pero sí al menos conseguimos tener una noción más clara de ser eternos a nivel conciencia y no necesitar que las leyes de ninguna ciencia nos vengan a explicar porque nos sentimos parte de ese cosmos que los científicos se mueren por conocer. Y esto es así porque somos la esencia de esa misma realidad que escudriñamos en busca de respuestas, cuando estas no están en lo que pensamos sino en lo que sentimos sobre lo que somos, lo que hacemos y lo que nos acontece.

La tecnocracia es una bendición tanto como una maldición ya que en su desequilibrio endémico nos arrastra a todos hacia una fantasía de un mundo perfecto habitado por humanos con una madurez emocional de entre 12 y 14 años. La usabilidad no puede ser la nueva religión a la que sirven todas las marcas que ofrecen servicios, es necesario que se construya un fondo humanista que de sentido al desarrollo vertiginoso de las aplicaciones multiplataforma. No podemos ser esclavos de una casta de tecnólogos que nos convertirán, sin ser su propósito, en una especie de ganado doméstico 5G. No es fundamental saber programar, lo que es importante es saber y controlar para qué queremos programar; no pasa nada por querer tener un lavavajillas inteligente o que desde tu coche, a media hora de llegar a casa, enciendas el horno para que las croquetas veganas estén listas cuando cruces el umbral de tu dulce hogar. El problema surge cuando no sabemos hasta qué punto nos estamos volviendo frívolos y superficiales y hasta qué punto le estamos dando más importancia a una influencer que nos parlotea desde una pantalla que a una lectura serena de un artículo de investigación o a la experiencia de todo el día de nuestra pareja interactuando con su tejido social real, no sólo con el virtual. Si no damos un paso más en robustecer nuestro calado cultural nos convertiremos en el recuerdo de unas marionetas que se cansaron de ser vividas. “No basta con que aumente el tamaño del cerebro, ya que también es fundamental cómo esté organizado. Pero incrementar el volumen de materia gris es una condición necesaria para aumentar nuestra inteligencia” (M. Kaku, 2014)

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