El diezmo de la globalización

 

Los roles del individuo cambian en respuesta a perturbaciones de la colmena o de la sociedad. De este modo, el sistema, como totalidad, se autorregula.

Rupert Sheldrake

 

Momentos extraordinarios y sensaciones congeladas; no tenemos una idea clara de lo que nos está pasando, miramos a las calle y nos miramos a nosotros mismos ¿De qué nos estamos protegiendo y de qué tendremos que hacerlo en el futuro inmediato? Los representantes del gobierno nos informan de cómo avanza lo que nos amenaza, cómo evoluciona y cómo erosionará nuestra economía y nuestras relaciones sociales.

Científicos, técnicos, psicólogos, motivadores de toda especie y terapeutas de etiologías diversas nos tienden la mano para aliviar nuestros traumas. Futurólogos curtidos en redes sociales nos hablan del nuevo orden y políticos, atrincherados en la optimización del voto, nos venden la manera de conservar el que teníamos antes de encerrarnos en nuestras  guaridas. Los organismos e instituciones internacionales se muestran como garantes de nuestras necesidades básicas pero ¿Qué estamos sintiendo ahora exactamente?

El virus, la naturaleza de la que formamos parte, nos está matando y limitando al máximo nuestras libertades; admitimos que no podemos defendernos por nosotros mismos y admitimos hasta qué punto nos hemos especializado y cedido el control, de los conocimientos básicos que nos hacen prevalecer como especie, a instituciones a las que no controlamos y de las que sabemos muy poco ¿Quién organiza el sistema educativo? ¿Quiénes se responsabilizan de la distribución del conocimiento? ¿Son acaso los mismos que se ocupan de la distribución de la riqueza? Hay un dato claro, cuanto menos sabe un pueblo menor es su esperanza de vida.

Hemos deslocalizado no sólo nuestras empresas, que ahora fabrican en cualquier parte del mundo, sino que hemos deslocalizado también las fuentes donde satisfacer nuestras necesidades básicas: lo que comemos, lo que vestimos; la tecnología con la que nos conectamos y trabajamos se fabrica a cientos o miles de kilómetros de nuestros lugares de residencia; ya no interactuamos con lo próximo, no compramos la comida a los agricultores de nuestro entorno ni producimos casi nada, de lo esencial, a escala local; y esto nos hace vulnerables y dependientes de leyes cuyo espíritu sirve a la especulación en el comercio internacional: la globalización tenía un lado oscuro, aquí lo tenemos, nos hemos deslocalizado a nosotros mismos.

Tras este tsunami sanitario, emocional y económico vamos a valorar de nuevo lo que nos rodea y a consumir productos de proximidad que es lo natural y lo que genera una economía y una salud deseable; es decir, sin acumulación innecesaria de recursos ni de toxinas; para qué miles y miles de euros y para qué delicias culinarias, del otro extremo del planeta, con disponibilidad diaria. Al viajar, al interactuar con otras culturas, perfecto; pero, en el día a día, una sociedad sana y en paz funciona como tú respiración, con el aire que tiene a su alrededor, no con aire purificando y envasado a seis mil kilómetros de tu domicilio, con un coste de seiscientos euros la unidad; no tiene sentido porque es antinatural y lo que va en contra de la naturaleza va en contra de nosotros mismos.

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