El mercenario orgánico

Una mano abre el grifo del agua caliente. Su pelo negro se empapa con rapidez. No se cambia de ropa. Crema hidratante Bio Zen en el rostro. Gabardina negra. Desayuna en Socket, huevos revueltos, un vaso de leche fría y un café solo. Cuatro estaciones, se baja del metro, entra al Edificio Pelx, aparcamiento, sube a su furgoneta frigorífico, enciende el primer cigarro del día, mete un cd de Grant Green y arranca.

Llega al Hospital General, hay sólo dos encargos, dos cajas metálicas. Una hora de camino hasta la clínica Rambran, entrega las dos cajas y recibe un cheque a cambio. Una hora de regreso. Siguiente dirección, clínica Silber, tres cajas metálicas, media hora de camino hasta la avenida de Reorgón, entrega y cheque a cambio. Se dirige al Banco General de Renta Orgánica y cobra los dos cheques, con millón y medio en la cuenta se detiene a comer una pizza de doble queso y una jarra helada de cerveza. Regresa al edificio Pelx, entrega el cheque en caja y enciende un cigarro mientras le preparan el recibo – Siento importunarlo señor, pero aquí no se puede fumar- le susurra un empleado Pelx – Tampoco se puede traficar con órganos y aquí nos tienes ¡Evapórate!- le susurra W0. Sube al séptimo piso y entrega el informe al Secretario de Dirección de Donantes. Baja al aparcamiento, camina hacia los vestuarios y se cambia de ropa.

Pasea hasta Rox donde ha quedado para comer a las quince treinta, con J2. Se sientan en una mesa cubierta con mantel rojo, vajilla azul marino y cubiertos verdes; no hay vela. Comen Rollos Galx gratinados con pasta de hojaldre y pescado Rossoni servido crudo con salsa Grasselli y setas Marell. Vino tinto Vega Rux y dos ristrettos.

Suben al coche de J2, se dirigen a su estudio. Dos piedras de whisky de malta y hacen el amor, dos veces, dos orgasmos. Se besan frente al edificio Pelx. J2 desaparece General Robarx abajo.

W0 entra en el despacho del Secretario de Dirección de Donantes, este le ofrece un café y un pedido de tres cajas metálicas. Se dirige al aparcamiento, sube a su furgoneta frigorífico, mete un cd de cajun y arranca, suena BeauSoleil, enciende un cigarro. Llega al Ministerio de Sanidad, pasa el control de seguridad, sube al séptimo piso, entra en el despacho del Secretario General de Dirección de Donantes, saca una navaja Silex y arranca los ojos al Secretario. Baja al cuarto piso, entra en el despacho de la Sub Secretaria General de Dirección de Donantes, saca una navaja Cotex y arranca el hígado a la Secretaria. Sube al piso vigésimo tercero, entra en el despacho de la Presidenta de Dirección de Donantes, saca una navaja Holden y arranca un riñón a la Presidenta. Baja a la primera planta, pasa el control de seguridad, abre la puerta trasera de su furgoneta frigorífico y deposita en su interior tres cajas metálicas. Arranca, pone un cd de Kim Fowley, suena Invasion of the polaroid people.

Conduce hacia el Edificio Pelx, aparca la furgoneta, sube al séptimo piso y entrega las tres cajas metálicas al Secretario General de Dirección de Donantes, recibe un cheque al portador, baja a la primera planta y lo cobra. Con medio millón en el bolsillo se dirige a los vestuarios, se cambia de ropa, sube al aparcamiento, recoge de la furgoneta el paquete de tabaco y los tres cds.

Camina hacia Evans donde ha quedado a cenar – Es una noche mágica – susurra L6 mientras sus labios perfilados en marrón oscuro se funden con el borde cristalino de una copa de vino blanco. Cenan dispersos en una ciudad líquida. Ríen entre velas encarnadas. En el comedor hay varios secretarios de dirección de donantes que les saludan con respeto y un rictus de terror en los labios. Las esposas de los funcionarios disimulan sus pechos ante el mercenario orgánico y su preciosa acompañante. El metre tolera las impertinencias de L6 y bajo un pato a la Kroche, coloca una tarjeta de visita del Secretario General de Restaurantes Orgánicos, “Cinco cajas para el almuerzo de las dos”

– ¡Estoy harto de vosotros! ¡Caníbales de lujo! – grita W0 mientras apura las últimas burbujas de un Porlet. Todos ríen, conocen el humor negro de su mercenario – Todos estos cerdos que nos rodean y exhiben ante su comunidad de iguales su exquisita conducta, son funcionarios del Ministerio de Sanidad o accionistas del Banco de Renta Orgánica. Saben que no pueden dormir tranquilos, ni trabajar, ni hacer el amor con sus cerditas doradas, porque en cualquier momento pueden perder los ojos o un riñón. No pueden denuncia aquello de lo que viven…

-¿Por qué no le arrancas las tetas a esa bruja de la mesa del fondo? – L6 le interrumpe con un nuevo comentario fuera de lugar. W0 comienza a saturarse del entusiasmo y exceso de vitalidad de su acompañante. – ¡Señora! ¡Tenga cuidado en el lavabo! ¡Las matrices están muy cotizadas! – grita L6

– ¡Calla estúpida! – le interrumpe W0 – No confundas la amoralidad con la ordinariez. Me estás poniendo muy nervioso, así que deja de exhibirte o serás tú la que note el vacío visceral esta noche – lanza un beso delicado y etéreo a L6, llena su copa de vino y…

– ¡Eres un cerdo! – L6 se levanta y se va. En el comedor, de voluptuosa decoración renacentista, vuela un ligero rumor ante la huida de L6. W0 continua, tranquilamente, saboreando su pato a la Kroche.

– Tengo que hablar contigo – un hombre se acerca a su mesa -¿Puedo sentarme?- le pregunta.

– Por supuesto – contesta W0.

– Has inhabilitado a siete funcionarios en un año – comienza a hablar el hombre de pelo escrupulosamente adherido al cráneo, chaqueta Torino de sport, pantalones Dramenz, zapatos King y olor a Froman.     – En el Ministerio se están cansando de tus alucinaciones revolucionarias y comportamientos radicales antisistema, tan pasados de moda como las ideologías o la cocaína pero, que a ti, al parecer te siguen resultando atractivos para tu imagen de marca cuando no son más que prehistoria.

– Mira, cómo te llamas, – H4 – contesta – Mira H4, no soporto a esta gentuza. Su alto grado de instrucción les ha conducido a la parálisis. Son el símbolo, por excelencia, de la meseta en la que se encuentra la evolución del hombre hacia la felicidad, hacia los dioses que odian la religión, hacia el placer… No me cabe en la cabeza que la sanidad, que el mundo entero esté regido por un rebaño de lucrópatas, políticos babosos, al servicio del turbo capitalismo, que construyen nuevos órdenes internacionales donde introducir sus stocks de mierda.

– ¿A qué te dedicas tú? – le interrumpe H4

– Yo no represento la virtud, ni la justicia, ni tengo responsabilidad ética, ni económica con el pueblo pero, esos cerdos comen de la sociedad y como recompensa, no sólo les vacían el cuerpo sino que también devoran el alma a quienes den muestras de poseerla…

– Me pareces realmente vulgar – le interrumpe de nuevo H4 – Tu discurso es folletinesco, todo el mundo sabe que la política económica es la única sangre que hace latir el corazón del sistema. No me vengas ahora con pachangas. Se trata de convertir el planeta en un inmenso mercado donde se consuma mucho de lo mismo.

– Ya, me parece perfecto – contesta W0 que ha terminado su pato a la Kroche y saborea densas caladas de un Montera – Por eso yo seguiré de vez en cuando, sobre todo cuando tenga acidez de estómago, arrancando algún que otro órgano a los cerdos del Ministerio – continua W0 – Y tú cuida los tuyos ¿No vivís de manejar órganos? Pues poned algo de vosotros mismos – W0 sonríe con cinismo.

– ¡Estás loco! – le espeta H4 que se levanta y abandona el restaurante.

Amanece un día en el que siente la magia correr por sus venas, se siente limpio. Desayuna mientras lee El Mafis. Llega al edificio Pelx, baja al aparcamiento. Por la cabeza le circulan algunos de los titulares de la primera edición: “Inhabilitados tres altos funcionarios por negligencia ocular, hepática y renal”, “Desarticulada una banda de traficantes de órganos”. Contiene una arcada suave, se sienta en el capó de su furgoneta frigorífico y enciende un cigarro. Abre la puerta derecha y coloca un cd de Tom Waits. Piensa en órganos y en tiempo, en dinero y en espacio, en velocidad y en vacío. Abre la puerta trasera de la furgoneta y coge tres cajas metálicas, se dirige a los vestuarios, se cambia de ropa, sube al séptimo piso y entra al despacho del Secretario General de Dirección de Donantes, un silencio aséptico envuelve a los dos hombres.

– No me queda más por hacer, ya no siento – susurra W0, mira por última vez al funcionario y le tiende una navaja Fanex. Se tumba sobre una camilla de cristal azul marino cubierta por una sábana burdeos y es vaciado, desgarrado… Se vende. El Secretario coloca los órganos de su mercenario en el interior de tres cajas metálicas. Suena Anywhere I lay my head en el interior de la furgoneta, en el humo de la colilla retorcida en el cenicero, en el aparcamiento, en los vestuarios, en el séptimo piso del edificio Pelx.

  • Ilustración del genial Dani Santos

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