Vendetta blues

– Frente al mar es más fácil. Estoy enganchado a esta infinita masa azul que sube y baja al ritmo de mi respiración. El océano y mis pulmones siempre saben lo que tienen que hacer. ¡Respiro! Al menos lo sigo haciendo. No tengo claro lo que ha pasado. Siento que he estado a punto de morir. Saboreo cada bocanada de aire como nunca lo había hecho. Repaso lo ocurrido. Carretera. Dos de la madrugada. Paro a echar gasolina. Me parece extraño que el encargado salga a servirme, cuando a esas horas lo normal es que me active el surtidor desde dentro. Me llena el depósito. Entramos juntos para cobrarme y cuando está abriendo la caja… Se apagan todas las luces de la estación y suenan cinco disparos secos que aún dan vueltas a toda velocidad en el interior de mi cabeza. Me arrastro por el suelo hasta dar con, lo que me parece, el mostrador que vi al entrar con una máquina de café detrás, y un expositor lleno de bollos de colores. Repto hacia el interior y respiro aliviado. Oigo un golpe metálico y miles de cristales precipitándose contra el suelo – Espero que no sea mi coche – pienso – Pero no, suena a ventanal, probablemente el de la oficina de correos que vi cerrada a la derecha de la estación. Alguien entra y llama a gritos al encargado que estaba cobrándome. Le llama por su nombre

– ¡N6! ¡Nos largamos! ¡Déjalo! ¡No lo busques más! ¡Está a punto de llegar la policía!

– Si no lo encuentro, habremos montado todo este circo para nada. Dame cinco minutos y nos vamos.

– ¿De qué te va a servir en la cárcel esa documentación? ¡Date prisa! ¡Yo me largo! ¿Lo escuchas? ¡Sirenas!

– Oigo como, al que llaman N6, el que me estaba cobrando cuando todo se fundió a negro, grita emocionado -¡Lo tengo! ¡Ese bastardo es nuestro! ¡Lo tengo!- se largan a toda velocidad. Escucho el rechinar de ruedas y un coche alejándose de la estación a todo lo que da el motor. Espero sin moverme a que llegue la policía. No vaya a ser que encima me peguen un tiro. Una linterna me enfoca la cara y me ordena que ponga las manos sobre la cabeza. Me levanta. Me ayuda a incorporarme. Me cachea y me pregunta qué ha pasado. Le contesto que no tengo ni idea. Tengo que acompañarlos a comisaría. Declaro y puedo marcharme. No puedo salir de la ciudad sin notificarlo en las próximas semanas. Al menos hasta que sepan quiénes son los responsables de haber asesinado a dos mujeres y a un hombre en el lavadero de coches.

– Frente al mar todo es más fácil. Siento su respiración. El fluir de las olas y mi diafragma están sincronizados. Arriba y abajo, como un surfista flotando mientras espera la llegada de la ola. Arriba y abajo. Oigo los disparos en mi cabeza. Las balas rebotan en las paredes de mi cráneo matando fantasmas y viejas amenazas. Relajando sinapsis neuronales  que llevaban años contraídas. Destilando odio y rencor. El dolor ha sido horrible todo este tiempo… Pero lo he conseguido. Tengo la prueba de que es un traidor a su sangre, a su raza y a su pueblo. Mi familia queda vengada. Suena el teléfono.

– ¿J4?

– ¿Sí?

– ¡Hecho! Lo último que ha visto han sido las fotografías de tu familia. Murió susurrando “¡Lo siento, lo siento…!”

-¡Gracias! Ha sido increíble. Cuando a las dos de la mañana el encargado de la gasolinera salió a servirme; lo pensé, pero luego su cara anodina me despistó y me dije, bueno, un tío aburrido más… ¡Sois buenos! Caros, pero increíblemente buenos ¡Gracias! ¡Muchas gracias!

– ¡Ha sido un placer deshacernos de esa escoria! ¡Salud! ¡Nos vemos en el infierno!

– Ahora me siento vacío. Satisfecho. Nada que sentir. Nada que pensar. Tan solo he seguido las órdenes de mi doble que, a cada paso, me ha susurrado lo que tenía que hacer.

  • Ilustración del genial Dani Santos

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