Como señala Namkhai Norbu, “el principio esencial consiste en (…) mantener la presencia en medio del continuo cambio del pensamiento (…) Si uno considera el estado de calma como algo positivo que debe lograrse y la ola de los pensamientos como algo negativo que debe ser abandonado, sigue atrapado en la dualidad apego/rechazo y no hay modo alguno de superar el estado ordinario de la mente.” (John Welwood, 2001)
Los sabios de todos los tiempos lo dejan claro, si sólo buscas la paz no tendrás más que guerra, y si buscas el conflicto constante no tendrás más que una paz tediosa y húmeda que roerá tus huesos hasta el final de tus días.
Hemos de aceptar el continuo cambio de nuestros pensamientos y de nuestro día a día. De la misma manera que en la pantalla del cine donde se refleja la película no quedan huellas de los crímenes que mostró el filme, tampoco en nuestra vida quedan huellas indelebles de lo que nos acontece cada día. El camino es vivirlo y dejarlo ir, el nuevo día traerá una nueva luz y una nueva emoción con la que atravesaremos nuestros deseos cabalgando hacia la plenitud de satisfacerlos uno tras otro, el tiempo no para y nuestra mente tampoco, nos aterra y nos proyecta al paraíso sin parar durante todo el día, y por la noche continúa su eterna presencia en nuestros sueños que, dependiendo de su magnitud y naturaleza, también condicionará nuestra vigilia y manera de afrontar la lucha diaria.
“En algún momento del proceso de desarrollo, comenzamos a darnos cuenta de la inutilidad de los esfuerzos realizados por el ego. Entonces es cuando descubrimos la dolorosa verdad de que ese mago de Oz que pretende controlarlo todo no tiene el poder ni el control del que presume.” Estamos solos ante lo eterno, no necesitamos límites porque no los tenemos, somos al mismo tiempo una habitación interior en un edificio de doce plantas de cualquier barriada de extrarradio, y la explosión de una supernova atravesando en segundos todos los umbrales donde se ancla nuestro sentido común atrapado en el método científico y en la reputación profesional o miedo a la indigencia funcional. “Como decía el maestro ruso Gurdjieff, el yo no puede hacer nada y, en última instancia, nuestras acciones, nuestras decisiones, nuestra comprensión y nuestros sentimientos genuinos emergen, como ocurre con los procesos fisiológicos de digestión y circulación de la sangre, de una gracia y una inteligencia superiores que trascienden el ámbito del ego. En algún punto de nuestro desarrollo, pues, nos vemos obligados a renunciar a la estructura de control que también nos sirviera en el pasado.” (J.W. ibídem)
Somos absolutamente libres y por lo tanto responsables de cada pensamiento y de cada acción, pero no prisioneros de ellas, podemos navegar por cada uno de nuestros días estando implicados al cien por cien y al tiempo ser simples observadores de todo lo que pasa en nuestra vida, tenemos esa capacidad, sólo hay que descubrirla y desarrollarla. Somos capaces de trabajar y observarnos trabajando, de amar y observarnos amando, esto nos permite evolucionar, perfeccionar nuestros hábitos, nuestro instinto, nuestra capacidad de decidir lo que hacemos con cada día de nuestra vida.
Como dice el maestro budista Dhiravamsa: “La observación de nuestros pensamientos y emociones nos permite advertir que cada uno de ellos está determinado por algo más (…) Entonces es cuando podemos observarnos y vernos instante tras instante -sin que nadie nos lo diga, nos interprete o nos diagnostique- y descubrir directamente la clase de persona que somos, nuestras debilidades y nuestras fortalezas y convertirnos así en nuestros propios analistas.”
Si miras a tu alrededor verás que estás rodeado de seres finitos y eternos como tú, todos estamos en la misma realidad pero cada uno accedemos a ella de una manera única e intransferible, a través de nuestros sentidos que, como las huellas dactilares, nos identifican con personalidad determinada y una misión concreta de existencia que nadie puede hacer por nosotros porque todas las puertas de la gran caja acorazada que guarda el secreto de quienes somos sólo se abre con nuestra mirada, con nuestra intención que, lo mismo puede enamorar a una princesa que hacer que en la periferia del universo conocido una estrella gravite sobre sí misma enamorada de su luz.
En el largo camino de saber quiénes somos y por qué tenemos una determinada personalidad, pasa por darnos una vuelta por el niño que fuimos, ya que nuestra conducta se fragua en la niñez; al llegar a la peligrosa y adrenalínica adolescencia ya estamos hechos y es a partir de ahí cuándo empezamos a saber con lo que tendremos que lidiar para encajar con nosotros mismos, nuestros traumas y nuestras virtudes.
“La psicoterapia fenomenológica considera a la experiencia como un proceso complejo y vivo que no puede controlarse ni predecirse. Por esta razón propone un tipo de observación que, dejando de lado toda interposición de esquemas cognitivos, se atenga a la experiencia sentida, indague amablemente en ella y espere pacientemente respuestas y visiones que provengan directamente de ella. Es como si, en el curso de la exploración, el desarrollo de la experiencia misma fuera una especie de guía que nos revelase la dirección que tenemos que seguir para promover el cambio.” (J. Welwood, ibídem)
Excavar en la mina de nuestra vida, sin cerrar los ojos ante los pasados muertos que reviven a cada golpe del pico en la dura piedra de nuestra identidad, forjada para aguantar la introspección más aguda sin dejar que nada nuevo salga a la luz, no sea que los viejos modelos que nos permitieron seguir con vida en el pasado ya no sirvan para nada en nuestra nueva realidad y tengamos que cambiar de vida, de barrio y de más allá. Vamos avanzando y derribando las estructuras férreas con las que se gestó nuestra identidad y al tiempo dando la bienvenida a todo aquello que alimente el cambio y nos permita desvincularnos de tanto muerto ilustre que fue la esencia de nuestro existir, y ahora no son más que fardos inútiles que no sabemos cómo disolver y hacer que desaparezcan de nuestro desván.
Pero cuidado, porque cuando te centras en crecer a través de solucionar un determinado problema, lo que acabas haciendo es intentar ser diferente a cómo eres, y esto te aleja de la inmediatez de tu ser, el único agente verdadero capaz de la curación y de la transformación.
“La mentalidad fija, que sólo apunta a corregir los problemas, sólo funciona en el nivel más exterior y burdo de las cosas. Así, aunque esa sea la mejor actitud para eliminar la capa de cal que recubre una tubería de nuestro fregadero, resulta completamente inadecuada para abordar un problema interno porque, de ese modo, sólo lograremos intensificar los problemas. Y ello es así porque, en tal caso, la parte de nosotros que tratamos de corregir se siente inaceptada o rechazada y, en consecuencia, las cosas se complican todavía más. Pero más importante todavía es que la fuente de todo cambio reside en el flujo de nuestro ser, un flujo que se ve obstaculizado por cualquier tipo de forzamiento.” (J. Welwood, Ibídem)
Una primera conclusión podría ser que tenemos que volver, una y otra vez, a la mente del principiante, en la cual existen muchas posibilidades. En la del experto sólo existen unas pocas, todos somos expertos en nosotros mismos y hemos perdido la capacidad de estar presentes con nuestra experiencia de una manera fresca y abierta, debemos volver a ser, cada día, principiantes con nosotros mismos.
Cuando buscas estar presente, eres atacado por un mar de pequeños pensamientos que te arrastran hacia la superficie vaciada de contenido, de donde te quieres alejar, por ser un territorio estéril para profundizar en saber realmente quién eres, qué eres y, a partir de ahí, disfrutar de todo tu potencial como cuerpo, como mente, como espíritu. Pero siempre falla algo, siempre sobra algo o alguien, siempre falta algo o alguien. Ante esta angustia existencialista que nos inyecta en un bucle de difícil salida, Welwood nos echa una mano, “El único modo de despertar de nuestra distracción consiste en cobrar consciencia de nuestra falta de consciencia y permanecer presentes con nuestra falta de presencia.”
Segunda y última conclusión de este paseo por la falta de libertad que uno se permite así mismo para existir. Somos nuestros principales y más agresivos censores. El ritmo desenfrenado al que ha marchado nuestra vida nos ha alejado de la introspección, del análisis de nuestra propia vida, no recordamos nada más que ráfagas de nuestra historia. Si pones la cámara en los años de tu infancia, verás que sólo recuerdas horas o días concretos y el resto es un impresionante fundido a negro. Años y años de los que no ha quedado ni rastro en tu memoria, nada mas que fogonazos de lo que más te impactó, pero, el día a día, borrado, aniquilado, somos nada porque no recordamos nada o casi nada, sólo podemos remorar minutos, secuencias, flashes de nuestra vida frente a años de existencia… ¿Es una estrategia de nuestra mente para que podamos afrontar el irnos yendo de la fiesta sin ataques aberrantes de melancolía? O, ¿vamos borrando todo lo que sobra para pasar al siguiente ciclo? Es decir, el noventa por ciento de nuestra existencia.
Curarnos para evolucionar, adentrarnos en la maraña de lo que somos y de quién nos ha creado para no desaparecer bajo una nube de preguntas a las que no tenemos nada que responder. Somos la respuesta antes de que nos hiciéramos la pregunta.
“La presencia incondicional promueve la curación permitiendo ver el modo en que estamos contraídos y sentir su impacto en nuestro cuerpo y en nuestra relación con el mundo. No basta simplemente con ver, ni tampoco con sentir, sino que debemos ver y sentir. Es evidente que, ver, sentir y penetrar con la consciencia en una pauta en la que estamos atrapados puede requerir meses e incluso años de trabajo, pero, cuando esa pauta se debilita y se hace más transparente, aparecen huecos, puertas que nos permiten conectar con los recursos más profundos que la pauta ha estado bloqueando”. (J. Welwood, Ibídem)
Liberados de ese primer bloqueo, vendrán otros, pero ya somos libres, no necesitamos intermediarios para alcanzar nuestra plenitud, somos todo lo que necesitamos, vacío y poder absoluto, nos observamos triunfar porque no hacerlo sería faltar a la verdad que, por cierto, tiene fecha de caducidad, como todo en este planeta.
- Portada de Nela Prieto