No criticaba con pasión a nadie porque según él, era como criticarse con dureza a uno mismo, el sadomasoquismo no entraba en sus planes. Tampoco expresaba gran admiración por nadie, por muy importantes que fueran sus logros, decía que era como enorgullecerse de sus méritos y victorias, un acto inadmisible de vanidad, junto con una muestra sangrante de no tener ni idea de cómo funcionan las cosas aquí en la Tierra.
Pensaba que habíamos olvidado que todos formamos parte de una gran unidad, como los árboles de un bosque estamos unidos por nuestras raíces. Las diferencias de lengua y color de piel son simples anécdotas del clima donde nos desarrollamos, y el código genético con el que fuimos traídos del más allá, del que venimos y al que pertenecemos.
No sabe por qué el ser humano se siente separado del resto de seres orgánicos e inorgánicos del planeta. Cree que con la evolución industrial y tecnológica, la sensación de ser individuos aislados ha ido creciendo hasta considerarnos islas completamente ausentes de la voluntad de los otros, de lo otro, cuando en realidad formamos parte de una supravoluntad con unas necesidades comunes a todos, a todo; como especie y como partes integrantes de este planeta que a su vez pertenece al Sistema Solar que a su vez pertenece a una galaxia que a su vez pertenece a un cuadrante de materia oscura que a su vez…
Nos contaba como había experimentado que sus deseos y temores más profundos e íntimos, en realidad formaban parte de una red de intenciones comunes de miles de millones de criaturas buscando evolucionar para adaptarse mejor a su entorno, y vivir mejor en el centro de una gran ciudad, o en las profundidades del océano si eres un organismo que habita allí. Se sentía dentro de una inmensa estructura, como si formara parte un gigantesco organismo formado por todos y por todo.
La última vez que le vimos recuerdo que, con un libro en las manos de uno de sus autores de cabecera, el psiquiatra transpersonal Stanislav Grof, nos preguntó, – Si aceptamos que el universo material tal como lo conocemos no es un sistema mecánico, sino una realidad virtual creada por la Consciencia Absoluta por medio de una orquestación infinitamente compleja de experiencias, “¿Cuáles son las consecuencias prácticas de esta comprensión profunda? ¿Y qué influencia tiene la toma de consciencia de que nuestro ser está en armonía con todo lo que el principio cósmico creador ha puesto en nuestro sistema de valores y en la forma en que vivimos?” (S. Grof, 1998)
Tras un par de tazas de té o una copa de buen vino, era la única droga que no le había abandonado, iba un poco más allá adentrándose en las sensaciones que experimentaba, al sentir que los muertos de alguna manera también estaban allí, muy presentes, influyendo de una manera determinante, mediante apariciones en sueños, pensamientos, recuerdos o pura genética en las decisiones y acciones de los vivos, de lo vivo. – Los muertos han inspirado y guiado los logros más importantes de la humanidad, científicos, filósofos, artistas, profetas… Deben su lucidez a la inspiración hallada en el trabajo de muertos egregios y, no sólo por el estudio de su obra o legado material, sino por una conexión intangible, irracional y mágica con la presencia invisible pero real que han dejado tras su partida -, decía.
Ahora, retirado del mundanal ruido en un luminoso ático del centro de una pequeña ciudad costera, observa como el avance apasionante y voraz de la tecnología forma parte de ese deseo de comunicarnos para sentirnos vivos, al tiempo que hace crecer la desconfianza y la distancia con el otro, con lo otro. Nos cuenta, las pocas veces que en los últimos tiempos nos hacía un hueco en su apretada agenda, llena de eventos dedicados a no hacer nada, que la necesidad de estar super conectados se debe al anhelo de sentirnos uno. Pero el afán de segmentar los mercados para influir en ellos de todo tipo de maneras nos ha confundido y provocado que seamos una especie polarizada y enfrentada por tendencias en moda, política, religión, deportes, ocio, drogas… Pensaba que las élites utilizan esta polarización para utilizarnos como un titiritero utiliza a sus marionetas.
En sus días más luminosos, decía que lo conseguiríamos, que volveríamos a vivir como un gran organismo que conforma un todo con el planeta que habitamos y con el que formamos una gran sopa primigenia que nos hace flotar en un cosmos que se mece dentro de otro y este dentro de otro…
Volviendo al último día que nos invitó a su casa, recuerdo la sensación de plenitud y placer cuando, tras saborear una copa de vino, contemplamos la puesta de sol sin la necesidad de fotografiarla ni grabarla con los móviles. Antes de despedirnos, ya en el umbral de la puerta, con un libro en las manos nos leyó unas líneas, “Ya he descrito la experiencia de lo “divino inmanente” en el que el mundo material se percibe como una obra dinámica de energía creativa cósmica. Esta experiencia también revela la unidad indivisa que subyace al mundo de la separación. Muestra que lo que encontramos en la vida cotidiana no son individuos diferenciados ni objetos sólidos, sino aspectos integrantes de un campo unificado de energía. Por absurda que pueda parecer a un realista ingenuo, esta conclusión concuerda plenamente con los descubrimientos de la física cuántica. Estos demuestran que lo que habitualmente percibimos como materia sólida es esencialmente vacío. La ciencia del siglo XX ha proporcionado así bases para la desconcertante afirmación de los sabios hindúes de que nuestra percepción del mundo formada por objetos materiales densos es una ilusión. (Stanislav Grof, 1999).
- Portada de Nela Prieto