Té, pastas y psilocibina

Me encontré con él cuando fotografiaba un petrolero desde la bocana del puerto. Estuvo quince minutos esperando a disparar, supuse que eran problemas de la edad, aparentaba más de setenta, pero no, era oficio, había trabajado para medios y agencias de élite durante más de cuarenta años. Yo estaba terminando de pulir un libro de relatos y deambulaba por los parques de la ciudad en busca de inspiración, algo esquiva en los últimos tiempos. Tomamos un té en el bar más cercano. Él y su esposa, profesora jubilada de química de la UCL (University College London), se retiraron del mundanal ruido hace diez años, y desde entonces vagaban sin rumbo por la vieja Europa. Ahora estaban enamorados de la Península Ibérica, concretamente del norte, Cantabria, País Vasco, Asturias, La Costa da Morte… Ahora llevan unos meses en Santander, donde mi mujer, economista trabajando en remoto para la banca, y yo, doctor en periodismo, mercenario de prensa y escritor, cuando el vino me lo permite, nos hemos atrincherado al igual que ellos, huyendo de la intensidad de las grandes urbes. Venimos de haber vivido en Madrid, en Bogotá y en Barcelona, suficiente para cinco vidas; ahora lo hacemos en esta bella bahía, a un tiro de Bilbao y Donosti, donde disfrutas a diario de la dulzura y la sencillez periférica de las capitales de provincia del norte, manejables, elegantes, tranquilas y tremendamente hedonistas; las terrazas siempre están llegas de grupos de amigos de todas las edades, bebiendo vino, riendo, charlando de la vida, la vibra te engancha de inmediato.

La escueta conversación que mantenemos el fotógrafo y yo, él como aventurado jubilado y yo como jubilado de nacimiento, nos lleva a quedar para comer el siguiente sábado en un estrella Michelin de la zona que les ha fascinado -no me extraña, no he conocido cocina más pobre que la británica- pienso. ¡Genial!, le digo. Y ahí estamos, sumergidos en la estructura perfecta de El Serbal, cuatro europeos cultos con doctorados y masters a gogo, perdidos en el norte de la península frente a una camarera de sala curtida en mil batallas. Lo primero que hace y dice nos fideliza de por vida, nos invita a que nos olvidemos de nuestros sofisticados y estresantes objetivos del momento, para dejarnos llevar por una degustación emocional de productos de la zona, sublimados con la alquimia del chef titular, Sir José Ramón Bustamante. Tras dos horas de magia culinaria, juegos artificiales gastronómicos, vinos del Ribera del Duero y Burdeos, decidimos tomar un té y lo que surja, en nuestra casa, a media hora caminando desde el restaurante.

La química, la economía, la fotografía y el periodismo hacen buenas migas, tras dos horas de conversación animada y superficial, comienzan a aparecer los temas de fondo. Hablando de la ayahuasca y de un famoso antropólogo catalán al que los cuatro conocemos por haber experimentado su periférica sabiduría, vamos entrando en materia. Ellos han realizado un par de talleres con el doctor Fericgla, la conversación se anima al haber hecho los cuatro uno de ellos, “Despertar a la vida a través de la muerte”. Para todos significó un punto de inflexión, supongo también porque cuando haces este tipo de talleres, tu vida en ese momento está ya en un punto de inflexión. Tras cuatro horas de respiración holotrópica y percusión de tambores guiada por el maestro, entré en un fructífero estado alterado de consciencia que me llevó a atravesar los velos entre la muerte y la vida, experimentando ambas y visualizando anímica y racionalmente, cómo moriré.

Se nos terminó el vino, y Charlotte, la química, en formato susurro nos contó algo que, mientras lo hacía, se disculpaba con su marido por no haberlo compartido con él antes; un compañero de uno los talleres de Fericgla, el que la cuidó mientras vivía el trance de la respiración holotrópica, le había regalado unos hongos de psilocibina. Yo los había probado en México, fue un viaje intenso y aunque han pasado muchos años, recuerdo haberme sumergido en un mundo líquido, sedoso, lleno de luz y de simetrías cálidas y sofisticadas.

Nos miramos, dimos vueltas por la casa, pedimos un glovo con más vino y decidimos decir sí. Son las seis de la tarde, sábado, y la vida de nadie, fuera de esa casa, dependía de nosotros. Charlotte pidió un taxi y en media hora regresó con la bolsita mágica. A la hora de haberlos ingerido, comenzaron a subir y subir y subir, nosotros en ese momento vivíamos en el ático de un palacete del siglo XIX en el centro de la ciudad, era un dúplex bastante grande, para convertirse en minutos en un espacio infinito donde nuestra consciencia viajaba sin fronteras. Mi mujer se convirtió en un Cacique de Guatavita, laguna a sesenta kilómetros de Bogotá, donde el en siglo IX, los Muiscas, hacían que su líder, vestido completamente de oro se tirara a la laguna para que los dioses Sué, dios del sol y Chía, diosa de la luna, decidieran si era o no, digno para liderar a su pueblo. Si el oro no se desprendía de su cuerpo, haciéndole descender hasta el fondo de la laguna, no era el líder que esperaban los Muiscas, pero, si al caer al oscuro velo de la laguna el oro se desprendía de su cuerpo depositándose en el fondo, era el líder divino que guiaría a los Muiscas hacia su destino. Mi mujer, nos comentaba esta interpretación del mito, mientras se preparaba un baño, donde vestida, supongo que cubierta de oro, se sumergiría para conectar con su origen; ella nació en Bogotá. Tras instalarse cómodamente en la bañera, nos indicó sonriendo y con un brillo cálido en los ojos que nos retirásemos, que iba a reunirse con los dioses de la laguna sagrada y no podíamos estar allí.  Me acerqué a ella y me dijo, estoy bien, depuración absoluta, soltar todo lo que sobra, estoy con ellos, estoy bien.

Salimos del baño y caímos en cuenta que hacía rato no sabíamos nada del fotógrafo, estaba en el piso de arriba, clavado frente a una pared donde teníamos tres cuadros en forma de triángulo, un óleo de un pinar castellano de 1967, una réplica del Gran Masturbador de Dalí, a cargo de mi hermana, y un original que emula la obra del genio catalán, Eduardo Cirlot, realizada por mi buen amigo, Ramón Sala. El fotógrafo inglés no se movía, toqué su hombro con delicadeza, pero era evidente que estaba viendo, en esa parte de la casa, en esa trinidad mágica, algo que obviamente sólo veía él, le acaricié la cabeza, me miró con dulzura y me comunicó sin palabras que le dejara tranquilo en su paraíso.

Charlotte, de pronto, migró de profesora titular de la universidad de Londres, a un druida celta del siglo IV, de la tribu de los Brigantes, una de las más pobladas y violentas del norte de Inglaterra, en guerra constante con los Parisii, habitantes de lo que hoy es Yorkshire. Pues bien, como si el propio Merlín, nacido de mujer y demonio, le hubiera habitado, hablaba sin parar de la batalla de Arfderydd, donde su padre, el propio Merlín, entró en locura profunda por la derrota de su señor, Gwenddolen, tras cuya penitencia atravesó el velo eterno, pasando a ser, a partir de ese momento el gran Myrddin Wyllt, al cual este tremendo sufrimiento, tras sublimarlo en el bosque durante años, le convirtió en el mago Merlín. Charlotte, me miraba con una luz penetrante que, desde sus ojos verdes musgo, parecía salida directamente de la Corte de Camelot

Y yo, de pronto, estaba caminando por un sendero donde a ambos lados sucedían todo tipo de guerras y desastres, a mí no me afectaba, lo contemplaba, pero no podía intervenir, no era mi destino. Me convertí en águila, tras volar recorriendo todo el planeta, volví a mi forma habitual, unos espíritus luminosos me comunicaron que moriría como había vivido, siendo libre… Abrí los ojos, estaba tumbado sobre la alfombra del salón, miré el reloj, habían pasado ocho horas.

Seguimos viéndonos de manera ocasional, hasta que nos marchamos de Cantabria, luego supimos que a los pocos meses ellos también cambiaron su base de operaciones. Los nómadas necesitamos los caminos, ahí es donde mejor nos sentimos, siempre en marcha hacia una nueva versión de nosotros mismos.

  • Portada de Sara Colina @venceoscu

Un comentario

Deja un comentario