Hay más luz en el cristal que en tus ojos. Deambulas buscando algo que te satisfaga; trabajas cuarenta a la semana, inviertes en gastronomía cool y evasión alcohólica como para aguantar unos cuatro inviernos. Te respetan los que necesitas que lo hagan, y te saludan sonriendo la cantidad suficiente de rostros como para que te siente bien el cuarto café del día.
Haces algo que te gusta, eso es una victoria incuestionable, el tema es si lo haces como te gusta; no, ya, el milagro también existe, pero está por encima de los doscientos mil anuales; y no por méritos obviamente, sino por el agua bendita de la pila bautismal.
Recapitulemos, estamos empapados de talento, curtidos en mil batallas, nos hemos sacado de encima toneladas de estiércol social, ¿que nos falta para sentirnos realizados? ¿qué necesitamos para mirarnos al espejo de almas y decirnos, «joder, hecho, estoy en paz». Pues faltan unas cuantas cosas, veamos: ¿cómo te presentas al mundo? ¿el personaje qué has construido de ti mismo para generar en ti la ilusión de que existes, te satisface? “Una vez dibujado este autorretrato, el individuo lo presenta siempre al mundo, con la esperanza de que el mundo acepte su llamativa semejanza. Este trabajo de presentarse a uno mismo al mundo, en el sentido teatral de la palabra, le lleva al hombre mucho de su tiempo, de modo que con frecuencia tiene que preocuparse, cuando habla con otra gente, de la impresión que les produce. Toma nota cuidadosamente de sus reacciones ante lo que él dice, vigila sus expresiones faciales, presta atención al tono de sus voces cuando le contestan, a lo que dicen y no dicen, pesa el respeto con que lo reciben, el interés que muestran ante su conversación, y manifiesta de muchas otras maneras lo ocupado que está por el efecto que produce en ellos. Esta intensa preocupación por la impresión que se hace sobre otra gente, y la sensación de inadaptación que a menudo la acompaña, se llama generalmente timidez o conciencia de uno mismo, pero es la verdadera antítesis de la conciencia de sí mismo, y manifestación de estar profundamente dormido” (Kenneth Walker, 1972).
Ahora ya lo tenemos muy claro, sabemos cómo despertar y lo más importante, cómo mantenernos despiertos y no caer, de nuevo, en las empalagosas garras del sueño. Es sencillo, sólo tenemos que dejar de identificarnos con nuestro cuerpo y con nuestra mente, y, a partir de ahí, a ser libres por primera vez y para siempre. Es posible que haya recaídas.
- Obra de Carles Pila @pilapalau